Pedro Mairal - Hoy temprano

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado.Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Megusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoycontento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamentodel centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenisen el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatroparedes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Simiro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea;si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje ala quinta me saca de ese pozo.En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavíano hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de unfrasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que nome tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso queyo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con elvidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, losparagolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autostienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yovaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en elasiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya noquepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé sies porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya elPeugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar parahablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo delbarrilete de Miguel.El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados lossemáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarseen el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por laventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojospor el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por lapolicía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos elRenault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas deTitanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguelgrita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dossoldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zonamilitar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan losdocumentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas quequedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bienla emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atráscuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchenesto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo paraescuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los
pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absolutode Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podadoscon los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas,las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones paratapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestrocántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangrecoagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer librospara el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez másenojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse losfines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen conchicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible,aunque invitemos a un amigo.Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a mediocamino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando quepapá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrása ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel alotro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta conun bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se ponea ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la RuralFalcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, conplantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro,con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro delas botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de loschanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila depalmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos dela ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primeravez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va aresultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro deun modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven avenir.Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, eltráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papáya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel meusa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias paraespiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza avenir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamáfrena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde yrecalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedoresambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros queofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en lossemáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores ylatas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tienebotones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hacebajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo
los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puedemorder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya novayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula deseguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, máspintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamátolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar.Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin quemamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañantemirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como sifuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamáprefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky yaestá viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porquemanejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas lasventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de lamarihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casiespirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitudserena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre deGabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadasque nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se estáhablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltantodavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan amanejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendodesde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejoel motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, queesperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos,inalcanzable.Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos paratratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos prestasu hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedode morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vezmás rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminandola autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela lloraen el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seatpara Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también concinturón de seguridad. Los tres atados.Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabrieladice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos.Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con lasmanos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya másdespacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines desemana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart encompacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopistaestá terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voypor el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen.Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y
digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el puntoexacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que lademolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima desegundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania yDuque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por unsabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas mástarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta unachapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el únicocuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre lossapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece enel asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de suhermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y estáperdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el autodesde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

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