Libres

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Somos libres…

Libres para revender ambiciosos algoritmos, para 
engrasar lo ilícito, para pronunciar discursos 
ineficientes sin que nadie escuche a nadie, para
estar descargando con pupilas inexpresivas
las últimas aplicaciones para el celular.

Libres para pisar caca de perro, para ser 
honorablemente infelices, para superpoblar
ciudades de crisis nerviosas y murmullos
reclinables, para rellenar con pulso quirúrgico
el mutilado anecdotario de los atenuantes.

Libres, y lo suficientemente informados para que
la catarata de noticias que recibimos nos infecte
hasta la última molécula de la poca sangre que
nos queda; para auto convencernos de que
un latigazo a traición es un cariño redentor.

Libres para salir a la calle a ser uno
menos en el ir y venir de sombras
que malgastan su vida, para elegir con
que mano protegernos la entrepierna
cada vez que empiezan las patadas.

Libres para que un gurú nos venda el
camino más sencillo hacia la “felicidad”
en un programa de seis semanas; para
bañarnos en ríos contaminados, y empacharnos
de comida genéticamente adulterada.

Libres para traspasar en módicas cuotas a las
próximas generaciones las mismas aflicciones
que nuestros antecesores nos legaron…
Libres para elegir la esclavitud de la
droga, la ludopatía y el egoísmo.

Libres para hablar más que nunca y no decir
nada importante; para pagar, recibir la mercadería
y construirnos un relato donde estamos haciendo 
historia; libres para creer que es buen
negocio este desayuno de analgésicos vencidos.

Libres para amarretear hasta el último centavo,
y buscar el modo más ingenioso de
caer más bajo, libres para pasar horas
en las redes sociales defendiendo a los
políticos que se ríen de nosotros.

Enjambre de supersticiones

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Domingo de tomar té con masitas con
un espantapájaros analfabeto, en un jardín
de platos rotos y vergüenzas por el estilo.

Domingo de aprender que es mejor
no cortarse las uñas para arañar
los indescifrables pasillos de la memoria.

Domingo de infamias imperceptibles, y
de quedar mano a mano él y yo, un
insomnio invicto que se niega a jubilarse.

Domingo de canciones desconsoladas, de arrojar al 
almanaque una procesión de gritos transpirados
con meticulosa e insoportable parsimonia.

Domingo de vanidades primerizas, romances 
embalsamados, de dos y dos sumando seis 
generaciones de rendiciones aromáticas.

Domingos de asalto a caricia armada,
de caligrafía en llamas, de procesos de erosión,
de protobiontes, de exhaustos picaportes.

Domingo de querellas apresuradas, de
acariciar el pelo al letrero que anuncia la
capitulación de un escultor tenebroso.

Domingo de reconstruir papeles locuaces, aunque
desgastados, de estrangular audacias invisibles,
de disecar un enjambre de supersticiones.

Domingo de estudiantes de arte dramático
vestidos de negro, de inviernos que se
acurrucan bajo la escalera para pasar el otoño.

Domingo de reverberaciones y palafrenes,
de perseguir caricaturas en los copetines,
de acariciar novedades cubiertas de rocío.

Domingo de viajar en un avión de
párrafos displicentes, de muecas de disgusto
sobre las que es sencillo resbalar.

Domingo de recitar epigramas que se desdicen
a sí mismos; de trenes estrafalarios, que
detienen sus caprichos en andenes polvorientos.

Domingo donde un hilo de lluvia cae
sobre un libro abierto, en el momento
en que una efeméride envejece.

Domingo de mezclar ruegos desabridos con
agravios en cautiverio; donde la eventualidad
gobierna, aunque no se responsabiliza.

Domingo de escalones desordenados, donde soñar
con mariposas transparentes al costado del camino
es recubrir al espanto con mala hierba.

Domingo de signo de interrogación amarillo
sobre fondo negro, de esconder bajo
la manga dos relámpagos y un ruego.

Domingo en que la lucidez encubre el
puñetazo de lo inalcanzable, y las porciones
descocidas de un gesto que no pudo centellear.

Domingo en que cada hora viene con su
insurrección de nomenclaturas, y con
la crisis existencial de una bestia milenaria.

Domingo, jarrón que empieza a quebrarse llegando
la tardecita, amplificando las ganas de tirarle arena
en los ojos a la inevitable rutina que vendrá.

Será cuestión de desabrigar esperanzas, de hacer
fondo blanco con una taza de café con poca
azúcar… Porque el lunes ya ha tomado su lugar…

Pedro Mairal - Hoy temprano

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado.Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Megusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoycontento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamentodel centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenisen el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatroparedes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Simiro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea;si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje ala quinta me saca de ese pozo.En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavíano hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de unfrasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que nome tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso queyo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con elvidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, losparagolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autostienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yovaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en elasiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya noquepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé sies porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya elPeugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar parahablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo delbarrilete de Miguel.El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados lossemáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarseen el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por laventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojospor el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por lapolicía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos elRenault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas deTitanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguelgrita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dossoldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zonamilitar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan losdocumentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas quequedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bienla emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atráscuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchenesto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo paraescuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los
pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absolutode Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podadoscon los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas,las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones paratapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestrocántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangrecoagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer librospara el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez másenojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse losfines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen conchicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible,aunque invitemos a un amigo.Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a mediocamino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando quepapá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrása ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel alotro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta conun bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se ponea ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la RuralFalcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, conplantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro,con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro delas botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de loschanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila depalmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos dela ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primeravez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va aresultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro deun modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven avenir.Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, eltráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papáya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel meusa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias paraespiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza avenir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamáfrena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde yrecalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedoresambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros queofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en lossemáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores ylatas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tienebotones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hacebajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo
los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puedemorder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya novayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula deseguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, máspintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamátolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar.Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin quemamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañantemirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como sifuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamáprefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky yaestá viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porquemanejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas lasventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de lamarihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casiespirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitudserena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre deGabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadasque nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se estáhablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltantodavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan amanejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendodesde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejoel motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, queesperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos,inalcanzable.Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos paratratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos prestasu hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedode morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vezmás rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminandola autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela lloraen el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seatpara Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también concinturón de seguridad. Los tres atados.Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabrieladice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos.Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con lasmanos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya másdespacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines desemana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart encompacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopistaestá terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voypor el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen.Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y
digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el puntoexacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que lademolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima desegundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania yDuque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por unsabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas mástarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta unachapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el únicocuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre lossapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece enel asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de suhermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y estáperdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el autodesde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

Domesticar un corazón es maltratarlo

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Vos estarás subiéndole el volumen a tu
fragilidad, mientras despuntarás el recuerdo de
aquel tiempo en que siempre encontraba
refugio en el vientre de tu insomnio.

Y yo aquí, espejismo de una cohorte en
retirada, tan distraído por pensarte que acabo
de barrer una parte de mi sombra,
desconfiando de mi selectiva forma de olvidar.

Los dedos tensos de los soñadores
de imposibles se olvidaron de insinuar
que domesticar un corazón es maltratarlo.

Vos estarás en tu gemebunda realidad,
viendo la tarde desembocar en un desfile
de exprimidas reverencias ante la triste
imagen de las magnolias congeladas.

Y yo aquí, como pozo de otro
sapo, polímata de saberes secundarios, frotándome
la frente con el recuerdo de un
café anémico consumido en una ciudad lejana.

Cada vez que firmo a deshoras el contrato
con una lágrima de arena,
cumplo tres años por minuto.

Vos estarás dejándote madrugar por
un desinterés de risa forzada, con el
apuro de los que no van a ninguna parte,
transformando la incomprensión en opresión.

Y yo aquí, haciéndome el despierto,
enhebrando una oscuridad
innominada, desdibujando sistemáticamente
mi destino con gesto ceremonioso.

Es tan pesada la carga de
lo que siento, que los versos
se me caen de las manos.

Y vos, Galatea de melancólicas facciones,
estarás frunciendo el entrecejo con organizada
perseverancia, queriendo fabricar un azar
que obedezca a las líneas de tus deseos perezosos.

Y yo aquí, puliendo esta forma tan
mía de darme la cabeza contra un muro,
haciendo una parodia de “Bailando bajo
la lluvia”, justo debajo del diluvio universal.

Cuando se desestiman las dimensiones
del aburrimiento, cada hora es un
bofetón que carece de franqueza.

Y vos estarás cantando 33 a las
navajas, pisando hipocondría en la oficina, lustrándole 
la caspa a la osadía de contar
las heridas como quien tacha un calendario.

Y yo, sin mí, concentrado en mi afición
de quebrar ritos y escarbadientes, enviudando
de adjetivos traspasados por flechas oxidadas, 
deshilachando los más furtivos sentimientos.

¿Ese vaso caliente donde se ahoga el
tiempo detenido no viene acaso a decirnos que
somos un cofre repleto de revelaciones imposibles?

El martes juega ya su tiempo de
descuento, y yo entro a mi vida
por la puerta de servicio. Tengo la
teoría de que nunca quisimos liberarnos de
nuestras culpas, y por eso jamás entendimos
que la felicidad es un acto fallido
que esperamos como un aguinaldo, ejerciendo
de sombras en penitencia contra la pared.

Este modo de vivir

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Este modo de vivir del Siglo XXI
es un culto a la prisa y al cansancio.
Todas las ciudades parecen al fin
de cuentas cortadas con la misma
tijera consumista, por habitantes que
solo mascan resignaciones desechables.

Envilecida, soberbia y vestida de
democrática la mentira campea a sus
anchas en el desecho calendario
de un presente repleto de fugacidad.
Un slogan de sonrisa asustada
desciende por una escalera mecánica.

(La revolución no ha de comenzar
editando artículos en Wikipedia).

Caminos morales incorrectos se clavan
en el corazón de la impotencia.
Los derechos y garantías viajan
dentro de una cantimplora agujereada.
Como en aquel poema de Bolaño,
juntamos las mejillas con la muerte.

Este modo de vivir es la
tormenta, el naufragio y la indiferencia
al mismo precio. Nos deslumbran
con fábulas infames, y zapateando
en el umbral de las quimeras,
el invierno solo reparte besos abatidos.

(Cuando la leche en polvo viene de regalo,
hasta el niño más hambriento desconfía).

Ignorarnos como habitantes de éste infierno
no nos transforma en residentes del paraíso.
Recuerdo con asimétrica nostalgia aquel tiempo
en que creíamos tener un futuro. En
la profundidad del intestino de la amargura,
crecen las raíces de los años encarcelados.

Para saber de una vez quiénes
somos, habrá que seguir escarbando
en los nombres extinguidos por el
ajuste estructural, remake eterna de los
mismos que quieren consolar nuestras
penas ofreciéndonos un pañuelo sucio.

(Esta insensatez de modas derrocadas
parece hecha al gusto de los reptiles).

Como anacrónica práctica se subastan las
más selectas lágrimas de cocodrilo,
mientras, en esta venerable indisciplina que
es levantarse a diario, continuamos
navegando, con los tendones deshechos,
hacia metas que sabemos inalcanzables.

Seguimos regando, con la tinta de un
contrato leonino, las gardenias que nacen
marchitas en la cuneta de la historia. Guerrillas
de iras oscuras ponen armas de guerra
en manos de niños con nombres arrebatados,
y el salvoconducto a una fosa común.

(Resulta que los más sabios de todos se
estrellan contra el futuro igual que los demás).

Es sencillo sentirse felizmente
desgraciado en este tiempo de ojos
cerrados y bolsillos entrelazados
con la incertidumbre...
Más que vivir los días
nos revolcamos sobre ellos.

Con nulos deseos de continuar hincando las
rodillas, los parias gritan su cólera
sin máscaras. Cuando ya solo nos quede
la negación como heredad, habrá que
sentarse a esperar el tsunami, o el
rigor del látigo de una multinacional.

(Hoy son los corderos los
que gerencian el matadero).

No va a ser gratuita emocionalmente
esta sobremesa de desilusiones
sucias y granadas de mano.

La decisión de Bulma (Javier Domínguez)

— Sí, queremos cambiar a Bulma… en cuanto a su trabajo no tenemos quejas. Limpia, lava y cocina muy bien. Pero apenas terminamos de comer levanta los platos, pasa la fregona varias veces por el mismo sitio, si mi esposa va al baño sólo a verse en el espejo Bulma entra a limpiar… a ese ritmo se va a desgastar pronto… Sí, ya le explicamos todo varias veces y nos entiende, pero no hace caso y eso me preocupa. Ayer Bulma limpiaba mientras mi hija veía el holovisor y ella le pidió que lo hiciera luego. Bulma le dijo que se fuera al otro cuarto… Sí, le dio órdenes a mi hija. Eso nos preocupó… ¿Cuándo vendrán?… En 48 horas, perfecto, ya la apago. Gracias.

El hombre colgó y buscó a Bulma en el cuarto donde solían guardarla, pero no la encontró, ella escuchaba todo hasta a un kilómetro de distancia. Mientras oía comparó su desempeño con lo dicho por el señor y concluyó que había cumplido con su programación de manera perfecta. Los señores solían conversar después de comer, aún con los platos sucios en la mesa. Bulma concluyó que los defectuosos eran ellos y lo sensato sería reprogramarlos, pero Bulma no había sido diseñada para eso, así que decidió saltar por el balcón y volver a la fábrica.

Ya vería en la planta si la reprogramarían o si le asignarían nuevos dueños, como la última vez.

Javier Domínguez

Sonreír y sangrar al mismo precio


Sonreír y sangrar al mismo precio

Solo sabía huir…
Varón caucásico de edad en cuenta
regresiva y nula solvencia económica, inquieto
neutrón por el campo electromagnético de la
vida, con demasiados nombres añadidos entre la
realidad y su persona; con una angustia
que no sabe, no contesta, ni perdona.

Solo sabía huir…
Presumiendo de la hidalguía de un péndulo de
polvo; su madre le advirtió desde pequeño
“nunca se te ocurra ponerle alas a los lobos”.
Tan pobre de glorias que quiso quedarse
con las que otros dejaron tiradas;
antídoto saturado de contraindicaciones.

Solo sabía huir…
Y brindar por las aspas de las historias
desorientadas; con la sensación de que todo está 
perdido, y los relojes solo señalan mordiscos del 
pasado; aunque sea imposible guarecerse de una  
llovizna de lágrimas, y no resulten recomendables
las respuestas fabricadas a golpes de puño.

Solo sabía huir…
Del borrador donde se fugó su primera metáfora 
truncada, vestido por una juventud que se
derrumba, con lágrimas ásperas, puntuales;
y su excepcional costumbre  de bailar junto a las
ruinas. Estornudaba aguaceros y silencios,
para sonreír y sangrar al mismo precio.

Solo sabía huir…
Como quien contempla una estatua de
mármol esperando que un día eructe.
Rezándole a la impunidad que
otorga el exorcismo de la lejanía,
buscando el pequeño milagro de que lo
efímero se transforme en perpetuo.

Solo sabía huir…
Y aferrarse a la circunspección,
a la amnésica daga que rasga la noche,
a la mirada estancada en el cemento
ahuecado… Sin detenerse a observar que
aquello que fue y seguía siendo
iba siempre colgando de su espalda.

Solo sabía huir…
Indultando promesas hechas a regañadientes; 
condenado por la campana, que por jactarse
de siniestra, repiquetea en código morse,
titubeando en un ideal de absurdos, malversando
emociones, deseando encontrarse unos versos de
Jorge Manrique flotando en el aire.

Solo sabía huir…
De su madriguera de espejos incomprendidos,
afinando su demagogia en corrales ajenos,
practicando el más desaconsejable de los actos:
Dejar escapar la felicidad justo cuando empezaban
a tutearse. (Cada quien hace de sus propias
carencias un clamor en harapos).

Culpable e inocente

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Yo quiero contar la historia del vodka en
la garganta de los delincuentes, de los días
donde la espalda es de humo, y la
cautela, la última rama de un árbol desolado.

Elaborar la cronología de los incapaces de sostener
sus palabras en medio de la sarracina,
de los que hacen su voluntad tanto en la dimisión 
como en las apariencias, del monaguillo que
perdió la batalla contra la madrugada
declarándose a la vez culpable e inocente.

Reseñar la triste biografía de aquel que buscó 
alimentarse de felicidad en una fuente no 
contaminada, y murió de inanición.

No quiero ser un centinela del principado de
la premura, para poder observar como el
agua se revela en la orilla del mar, y como
la humedad deforma lo impronunciable.

Quiero testimoniar como me salga de la
alopecia del matemático, de los taxis que
derrapan por las calles inundadas de la
palma de mi mano; conjeturar sobre los
que pretenden vivir todas las vidas sin
poder siquiera comprender la suya.

No quiero ser otro mezquino lazarillo preso
del reloj, caminando entre lo innecesario
y el determinismo disfrazado de azar.

Colaborar en la quita de pretextos de los
que se lavan la conciencia en el fandango,
derramar la luna llena en las brasas
de la pena de un pronombre impersonal.

Dejar mis colmillos de vampiro somnoliento en el 
congelador, mirar sin parpadear a ese sol
con boca de alambre que alumbra un invierno
de hojalata; ver a los gladiadores de
la llaga y el pantano cumplir su vandálica
promesa de articular un llanto devastado.

Y mientras el otoño sufra sus bisiestos ataques
de pánico, proferiré mis parrafadas sobre el triste 
aullido escorbútico de los corazones en recesión.

Quiero ser – si me da el cuero – megáfono de los 
exasperados, arrancar con un alicate el 85 % de las 
turbulencias desmoralizadoras, y sonreír por
las habladurías que se quedan sin aposiciones.

Continuar negándome a entrar en el redil, seguir 
sintiéndome más a gusto a la intemperie; esperar
que llegue el día en que las avenidas
no traigan incorporadas su rutinaria hostilidad, y 
ayudar a los fugitivos que logren huir
de la oscuridad de los sueños olvidados.

…Desearía no tener que actualizar cada cierto
tiempo el glosario de los pueblos que se
condenan a sí mismos por su propia inmadurez…

Eladio Orta - Y 1 veo veo

veo albañiles construyendo muros en el desierto
veo ojos ciegos de perros baldíos en el fango

veo el óxido de las corrupciones / favorecidas
por el plan de choque de las fiscalías

veo bisagras negras oxidadas / donde la mayoría
ve progreso y resplandor reluciente

veo significados adulterados
por los administradores

invisibles de la barbarie

veo hileras interminables de avaros
saqueando el granero de la comunidad

veo la presencia de la sombra del jazmín
a mi espalda / pero este país huele a desolación y
a aliño de paquetería en los paraísos fiscales

veo rabos relucientes de perros poetas
a escasos metros de la esquina fluvial
de la santísima calle de la merced

veo ojos opacos de buitres sobrevolando
la carnaza poética de mi muerte

veo la ceguera de las acumulaciones de hélices negras
bailando sobre las tapas de cajones blindados
en los escaparates del consumismo

veo alfombras voladoras paseando tiburones
disfrazados de santos caóticos
en el carnaval de los muertos vivientes

veo apaño y consenso en las gradas
del gran circo / eso veo / palabras
prostituidas en nombre de la democracia

veo niños con pies de zapatos en los ojos

La drunkorexia, una peligrosa moda entre los jóvenes

Los atracones de alcohol de los jóvenes para socializar y divertirse, sumados a la obsesión por no engordar, están disparando una nueva amenaza para la salud que se ha definido en la literatura médica más reciente como drunkorexia, del inglés drunk -estar bebido- y del sufijo orexia -apetito-. Se trata de un nuevo trastorno alimenticio que consiste en no ingerir alimentos con el objetivo de poder beber alcohol sin aumentar de peso.

Y es que a la vez que se incrementa el consumo de alcohol en forma de atracón -más de cinco bebidas en dos horas en el caso de los hombres y más de cuatro en el de las mujeres- no cesa de elevarse la prevalencia de los trastornos alimenticios. “La tendencia a dejar de comer durante horas o apenas comer durante el día para compensar las calorías ingeridas con las bebidas se está extendiendo, sobre todo entre las chicas jóvenes”, afirma Adelardo Caballero, especialista en el aparato digestivo y director de un equipo multidisciplinar de especialistas sobre este problema en el Instituto de la Obesidad.


Con esta medida a caballo entre el abuso de alcohol y el trastorno alimenticio, los jóvenes pretenden emborracharse antes y más barato, con el grave peligro que esto supone. No comen alimentos para “dejar más hueco al alcohol”. Esta peligrosa práctica conlleva peligros tales como el aumento del alcoholismo en los jóvenes, la deshidratación o la merma en vitaminas.

Si bien esta peligrosa práctica se puso de moda hace un par de años, estudios recientes desarrollados en Australia han concluido que se lleva a cabo con mucha más frecuencia de la que se pensaba. En uno de ellos, realizado a 136 estudiantes universitarias australianas, más del 50% de ellas aseguró practicar la drunkorexia con asiduidad. Además, los chicos, que eran menos propensos a llevarla a cabo, también se están sumando a esta delicada moda.

La drunkorexia es especialmente preocupante entre adolescentes y jóvenes de hasta 25 años, una franja de edad en la que coincide una importante preocupación por la imagen añadida al deseo de querer beber alcohol para relacionarse con los amigos. Las jóvenes se encuentran así ante una encrucijada y terminan por elegir no comer para poder ingerir la gran aportación calórica de las bebidas alcohólicas sin que aumente lo que marca la báscula.

Este trastorno suele estar ligado con más frecuencia a personas que padecen o han padecido problemas alimentarios tipo anorexia o bulimia nerviosa, con episodios de atracones, y en aquellas tendentes a sufrir depresiones y que, a su vez, temen engordar. Beber alcohol con el estómago vacío incrementa rápidamente los niveles de alcohol en sangre, lo que provoca un trabajo excesivo y perjudicial para el hígado. Si a esto sumamos, como indica la nutricionista Marta Ruiz, “un sistema inmunitario deficiente derivado de la malnutrición provocada por los periodos de ayunos prolongados y/o personas con el esófago y estómago dañados a consecuencia de la anorexia o bulimia, los efectos en el organismo pueden llegar a ser demoledores”.

Los padres deben estar alertas

Los expertos insisten en la importancia de que los padres tengan una buena comunicación con sus hijos en general, pero sobre todo en que les alerten sobre los efectos y el peligro del consumo de alcohol, ya que actualmente cada vez se inicia antes a beber.

Los padres deben estar alerta y acudir a especialistas que puedan tratar y corregir el problema si detectan comportamientos anómaloscomo que el hijo o hija evite comer en familia, si pierde mucho peso en poco tiempo, si se observa deterioro físico, si tiene la cara hinchada o la piel alterada o está obsesionado con el peso.

También si va al baño de forma recurrente después de comer y si descubren que recurre al alcohol de forma habitual para relajarse y divertirse con sus amigos.


Humor en imágenes XXXVI

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Jorge Debravo - Este sitio de angustia

Uno quisiera siempre tener su mano amiga,
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.

Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.

Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama al rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.

Iván Noble - Dame un motivo

Capitán Ironía

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Capitán Ironía

Fabulador de ademanes a medio 
desabotonar, suele involucrarse en líos 
bronceados, pero solo por cortesía.
Considera la insensatez como 
la mayor de sus virtudes.

Bebedor de salvajismo;
la memoria del que se asume vencido
siempre será más impiadosa que celestial.

Allá va el Capitán Ironía,
licuando el asombro del 
barrio con su aire desdichado.
Su rostro enfermizo balancea
su oscuro fastidio.

El sol de los triunfos ajenos siempre
fue demasiado radiante para que 
pudiera mirarlo a los ojos.
Su piel es un alambre atravesando la
tarde entre bramidos de soledad.

Víctima de algunos momentos rescatables,
que alentaron una cierta ofuscación
sobre los inexistentes finales felices.

Allá va el Capitán Ironía,
con una impaciencia de nudillos
gruesos. Propietario de una declaración 
incinerada, a la que nunca 
dejó de echar de menos. 

Azotado por lo irremediable, el
insomnio le sonríe con los
labios apretados. La presentación oficial 
con los remordimientos siempre incluye 
un tarascón de por medio.

Por fin se queda dormido sobre una
retahíla de protestas taciturnas,
para entablar un soliloquio con sus pesadillas.

Allá va el Capitán Ironía,
con el abatimiento de los que
vienen de un rito de iniciación frustrado.
Con un viento huracanado entre las manos
pinta los barrotes de su propia jaula.


Hace un par de horas me enteré que
el Capitán quiso ascender a Comandante,
pretendiendo transformar en moretones las ojeras
de cinco caballeros muy bien adiestrados en el 
poco elegante oficio de moler al prójimo a palos.

Poco y nada me extrañó, porque 
desde que dejó de ser Teniente, 
al Capitán siempre le gustó ponerle
leche descremada a la cicuta, y dictar 
su propio epitafio con fuegos artificiales. 

Allá está el Capitán Ironía, 
en cautiverio en una cama 
de hospital, con un par de
costillas quebradas y una
lesión en el orgullo y el pulmón.

Con tres dientes menos y el rostro indigno
de alguien de su rango, lanza hacia la lluvia 
que golpea la mísera ventana de esa habitación 
una advertencia amortiguada: Tan pronto como se 
recupere todos los diarios de este país pondrán 
en los titulares su nombre, apellido y las 
condecoraciones que ganó jugándose la 
reputación en las leoninas calles de la vida.

Agatha Christie - El caso de la dama acongojada

El timbre de la mesa de mister Parker Pyne zumbó discretamente. —¿Qué hay? — preguntó el gran hombre. —Una señorita desea verle —anunció su secretaria—. No tiene hora. —Puede usted hacerla pasar, miss Lemon —y al cabo de un momento estrechaba la mano de su visitante. —Buenos días —le dijo—. Hágame el favor de tomar asiento. La recién llegada se sentó y miró a mister Parker Pyne. Era bonita y muy joven. Tenía el cabello oscuro y ondulado, con una hilera de rizos sobre la nuca. Iba muy bien arreglada, desde el gorrito blanco de punto que llevaba en la cabeza hasta las medias transparentes y los lindos zapatitos. Era evidente que estaba nerviosa. —¿Es usted mister Parker Pyne? —Yo soy. —¿El que... que pone los anuncios? Dice usted que si las personas no son... no son felices, que vengan a verle. —Sí. —Pues bien —dijo ella lanzándose de cabeza—, yo soy horriblemente desgraciada, de modo que he pensado que podía acercarme a ver... únicamente a ver... Mister Parker Pyne esperó. Sabía que diría algo más. —Me encuentro... me encuentro en un apuro terrible —y retorció sus dos manos muy nerviosamente. —Ya lo veo —dijo mister Parker Pyne—. ¿Cree que puede contarme el caso? Al parecer, la muchacha no estaba muy segura de eso. Con aire desesperado, miró a mister Parker Pyne. De pronto, se puso a hablar precipitadamente. —Sí, se lo diré... Ya me he decidido. Me he vuelto medio loca de nervios. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Y entonces vi su anuncio. Pensé que, probablemente, no era más que una manera de sacar dinero, pero quedó grabado en mi memoria. Por una u otra razón, parecía tan consolador... Y pensé, además, que... bien, que no habría ningún mal en venir a ver... Siempre podría dar una excusa y retirarme acto seguido si no... bien, si no... —Está claro, está claro —dijo mister Parker Pyne. —Ya lo ve —añadió la muchacha—. Esto significa... bueno, confiar en alguien. —¿Y tiene usted la sensación de que puede confiar en mí? —Es extraño —contestó la muchacha con inconsciente descortesía—, pero tengo la sensación de que sí, ¡sin saber nada de usted! Estoy segura de que puedo confiar en usted. —Puedo asegurarle —afirmó mister Parker Pyne— que su confianza no será mal empleada. —Entonces —dijo la joven— le contaré el caso. Me llamo Daphne Saint John. —Sí, miss Saint John. —Señora. Estoy... estoy casada. —¡Bah! —murmuró mister Parker Pyne, molesto consigo mismo al advertir la presencia del aro de platino en el dedo corazón de su mano izquierda—. Qué estúpido soy por no haberme fijado. —Si no estuviera casada —dijo la muchacha— no me importaría tanto. Quiero decir que el caso sería mucho menos grave. Me refiero a Gerald... Bien, ahí... ¡ahí está el verdadero problema! Buscó en su bolso y sacó de él un objeto que tiró sobre la mesa: un objeto centelleante que fue a parar a donde estaba mister Parker Pyne. Era un anillo de platino con un gran solitario. Mister Parker Pyne lo recogió, lo llevó junto a la ventana, lo puso a prueba contra el cristal de la misma, se aplicó al ojo una lente de joyero y lo examinó de cerca. —Un diamante muy hermoso —observó, regresando a la mesa—. Yo le daría un valor de dos mil libras, por lo menos. —Sí. ¡Y ha sido robado! ¡Lo he robado yo! ¡Y no sé qué hacer! —¡Válgame Dios! —exclamó mister Parker Pyne—. Esto es muy interesante. Su cliente se descompuso y empezó a sollozar sobre un pañuelo poco adecuado para el caso. —Vamos, vamos —dijo mister Parker Pyne—. Todo se arreglará. La muchacha se enjugó los ojos y resolló: —¿Se arreglará? ¡Oh! ¿Podrá arreglarse? —Desde luego. Cuénteme ahora toda la historia. —Bien, todo empezó por encontrarme yo apurada. Ya lo ve usted, soy horriblemente caprichosa. Y esto a Gerald le contraría mucho. Gerald es mi marido. Tiene muchos años más que yo y su modo de pensar es... bueno, muy austero. Considera las deudas con horror. Por consiguiente, no se lo he dicho. Y me fui a Le Touquet con algunas amigas y pensé que quizás podría tener suerte y pagar lo que debía. Efectivamente, al principio gané. Y luego perdí y creí que debía continuar. Y continué. Y... y... —Sí, sí —dijo mister Parker Pyne—. No necesita entrar en detalles. Su suerte fue peor que nunca. ¿No es así? Daphne Saint John hizo un gesto afirmativo. —Y desde entonces, ya comprende, no podía sencillamente decírselo a Gerald porque no puede sufrir el juego. Oh, me encontré metida en un lío espantoso. Bien, fuimos a pasar unos días con los Dortheimer, cerca de Cobham. Por supuesto, él es enormemente rico. Su esposa, Naomi, fue compañera mía de colegio. Es una mujer bonita y amable. Estando nosotros allí, se le aflojó la montura de este anillo. La mañana en que íbamos a despedirnos de ellos, me rogó que me lo llevase y lo dejase en casa de un joyero, en Bond Street —y se detuvo. —Y ahora llegamos al episodio más delicado —dijo mister Parker Pyne para ayudarla—. Continúe Mrs. Saint John. —¿No lo revelará usted nunca? —preguntó la joven con tono suplicante. —Las confidencias de mis clientes son sagradas. Y de todos modos, Mrs. Saint John, me ha dicho usted ya tanto, que probablemente podría terminar la historia yo mismo. —Es verdad. Es muy cierto: Pero me disgusta mucho decirlo... Parece una cosa tan horrible... Fui a Bond Street. Hay allí otra tienda, la de Ciro. Éstos... copian las joyas. De pronto, perdí la cabeza. Cogí el anillo y dije que quería una copia exacta, que me iba al extranjero y no quería llevarme las joyas verdaderas. Al parecer lo encontraron muy natural. »Pues bien: recogí el anillo con el diamante falso (y era tan perfecta la imitación que no lo hubiera usted distinguido del original) y se la envié por correo certificado a lady Dortheimer. Yo tenía un estuche con el nombre de su joyero, de modo que todo ofrecía la mejor apariencia, y el paquete tenía un aspecto enteramente profesional. Y entonces, yo... empeñé el verdadero diamante —y se cubrió la cara con las manos—. ¿Cómo pude hacer esto? ¿Cómo pude hacerlo? Esto era, sencillamente, un robo corriente y miserable. Mister Parker Pyne tosió y dijo: —Me parece que no ha llegado aún al final de la historia. —No, no he llegado. Esto, como usted comprende, ocurrió hace unas seis semanas. Pagué todas mis deudas y salí de mis apuros, pero, por supuesto, no dejé de sentirme desventurada. Un primo mío ya anciano murió entonces y recibí algo de dinero. Lo primero que hice fue desempeñar este miserable anillo. Bien, esto iba perfectamente y aquí está. Pero ha sobrevenido una terrible dificultad. —Usted dirá. —Hemos reñido con los Dortheimer. Ha sido a propósito de algunos valores que Gerald compró a instancias de sir Reuben. Esto a Gerald le había causado serias dificultades y no se ha abstenido de decirle a sir Reuben lo que pensaba de él. Y... ¡Oh, todo esto es horrible! ¿Cómo puedo yo ahora devolver el anillo? —¿No podría enviárselo a lady Dortheimer anónimamente? —Si lo hiciese, se descubriría todo. Ella haría examinar su propio anillo, sabría que es una falsificación y se figuraría inmediatamente lo que he hecho. —Me ha dicho que es amiga suya. ¿Y si fuese a verla para confesarle toda la verdad... abandonándose al afecto que siente por usted? Mrs. Saint John movió la cabeza. —Nuestra amistad no llega a este punto. Cuando se trata de dinero o de joyas, Naomi es dura como el hierro. Quizás no intentaría procesarme si le devolviera el anillo, pero podría contarle a todo el mundo lo que ha hecho, y esto significaría nuestro descrédito. Gerald lo sabría y no me lo perdonaría nunca. ¡Oh, qué horrible es todo esto! —Y reanudó su llanto—. He pensado en ello, ¡y no acierto a ver qué camino podría seguir! Oh, mister Parker Pyne, ¿no puede usted hacer algo? —Varias cosas —dijo mister Parker Pyne. —¿Puede usted? ¿De verdad? —Sí, puedo. Le he indicado el modo más sencillo porque mi larga experiencia me ha dicho que es siempre el mejor. Es el que evita complicaciones imprevistas. No obstante, aprecio la fuerza de sus objeciones. En este momento, nadie conoce su desdichado caso, ¿no es cierto? ¿Nadie más que usted misma? —Y usted —dijo Mrs. Saint John. —Oh, yo no cuento. Bien, entonces por ahora su secreto está seguro. Todo lo que se necesita es cambiar los anillos de algún modo discreto, sin que despierte sospechas. —Exactamente —dijo la muchacha con ansiedad. —Esto no será difícil. Tendremos que tomarnos un poco de tiempo para considerar mejor el método... —¡Pero es que no hay tiempo! —exclamó ella interrumpiéndolo—. Esto es lo que casi me vuelve loca. Va a hacerse montar el anillo de otro modo. —¿Cómo lo sabe usted? —Por pura casualidad. Almorzando el otro día con una amiga, tuve ocasión de admirar un anillo que llevaba: una gran esmeralda. Dijo que era la última moda y que Naomi Dortheimer iba a hacer montar su diamante de aquella manera. —Lo que significa que tendremos que actuar inmediatamente —dijo mister Parker Pyne con aire pensativo. —Sí, sí. —Y significa poder entrar en la casa, y si es posible no como parte del servicio. Los criados tienen pocas oportunidades de manejar anillos de gran valor. ¿Tiene usted alguna idea, Mrs. Saint John? —Puedo decirle que Naomi da una gran fiesta el miércoles. Y esta amiga mía me dijo que anda buscando una pareja de baile profesional. No sé si ha decidido ya algo. —Creo que esto puede arreglarse —dijo mister Parker Pyne—. Si el asunto está ya decidido, resultará algo más caro: ésta es la única diferencia. Otra cosa: ¿sabe usted por casualidad dónde está colocado el interruptor general de la luz? —Da la casualidad, efectivamente, de que lo sé porque hace poco se quemó un fusible de noche, cuando los criados se habían ido a descansar. Está en una caja, al fondo del vestíbulo, dentro de un pequeño armario. Y a instancias de mister Parker Pyne hizo un dibujo. —Y ahora —dijo él— todo irá perfectamente. Por lo tanto, no se inquiete, Mrs. Saint John. ¿Qué hacemos con el anillo? ¿Lo recojo yo ahora o prefiere usted guardarlo hasta el miércoles? —Bien, quizás podría guardarlo hasta entonces. —Ahora no debe inquietarse más, téngalo presente —le dijo mister Parker Pyne. —¿Y sus... honorarios? —preguntó ella con timidez. —Esto puede aplazarse, de momento. El miércoles le diré qué gastos han sido necesarios. Le aseguro que mis honorarios serán reducidos. La acompañó hasta la puerta y oprimió luego el botón que había sobre la mesa. —Envíeme a Claude y a Madeleine. Claude Lutrell era uno de los ejemplares mejor parecidos de bailarín de salón que pudieran encontrarse en Inglaterra. Madeleine de Sara era la más seductora de las vampiresas. Mister Parker Pyne les dirigió una mirada de aprobación. —Hijos míos —les dijo—, tengo un trabajo para vosotros. Vais a ser una pareja de bailarines de espectáculos internacionalmente famosos. Ahora, escúchame con atención, Claude, y procura entenderme bien... Lady Dortheimer quedó enteramente satisfecha de las disposiciones tomadas para su baile. Observó y aprobó la colocación de las flores que adornaban sus salones, dio unas cuantas órdenes finales a su mayordomo, ¡y le comunicó a su esposo que, hasta aquel momento, todo lo proyectado había salido a pedir de boca! Le había causado un ligero desencanto el hecho de que Michael y Juanita, los bailarines del Red Admiral, hubiesen comunicado a última hora que les era imposible cumplir su compromiso por haberse Juanita torcido el tobillo, pero que le enviaban una pareja que (según le contaron por teléfono) había hecho furor en París. Estos bailarines llegaron oportunamente y merecieron la aprobación de lady Dortheimer. Jules y Sanchia actuaron causando gran sensación, ejecutando primero una agitada danza española, luego otra danza llamada El sueño del degenerado y, por fin, una exquisita exhibición de bailes modernos. Terminó el cabaret y se reanudó el baile normal. El hermoso Jules solicitó el honor de bailar con lady Dortheimer. Los dos se alejaron como si flotasen en el aire. Lady Dortheimer nunca había tenido una pareja tan perfecta. Sir Reuben iba buscando a la seductora Sanchia en vano. No estaba en el salón. Lo cierto es que se encontraba en el vestíbulo desierto, cerca de una pequeña caja y con los ojos en el reloj adornado con piedras preciosas que llevaba en la muñeca. —Usted no es inglesa, no es posible que sea inglesa para bailar como baila —murmuró Jules al oído de lady Dortheimer—. Usted es un hada, el espíritu de Drouschka petrovka navarouchi. —¿Qué lengua es ésta? —Ruso —contestó Jules mintiendo—. Digo en ruso algunas cosas que no me atrevo a decir en inglés. Lady Dortheimer cerró los ojos. Jules la apretó más contra él. De pronto, se apagaron las luces. En la oscuridad, Jules se inclinó y besó la mano que descansaba en su hombro. Al retirarse ella, él se la cogió y la levantó de nuevo hasta sus labios. En su propia mano quedó el anillo que había resbalado del dedo de ella. A lady Dortheimer le pareció que la oscuridad había durado sólo un segundo cuando las luces se encendieron de nuevo. Jules estaba son-riéndole. —Su anillo —le dijo—. Ha resbalado. ¿Me permite? —Y se lo colocó en el dedo. Mientras lo hacía, sus ojos le dijeron a ella muchas cosas. Sir Reuben estaba hablando del interruptor general. —Algún idiota que ha querido divertirse. Por lo que creo, una broma. A lady Dortheimer no pareció interesarle gran cosa aquel incidente. Esos pocos segundos de oscuridad habían sido muy gratos para ella. Al llegar a su despacho la mañana del jueves, mister Parker Pyne encontró ya esperándole a Mrs. Saint John. —Hágala pasar —dijo mister Parker Pyne. —¡Dígame! —exclamó ella con gran ansiedad. —Parece usted pálida —dijo él en tono acusador. Ella movió la cabeza. —Esta noche no he podido dormir. Estaba pensando... —Bien, aquí tiene la pequeña cuenta de los gastos. Billetes de tren, ropa y cincuenta libras a Michael y Juanita. Sesenta y cinco libras con diecisiete chelines. —¡Sí, sí! Pero, sobre la noche pasada... ¿Ha ido todo bien? ¿Se hizo eso? Mister Parker Pyne la miró con expresión de sorpresa. —Mi querida señora, naturalmente que ha ido todo bien. Yo había dado por supuesto que usted lo entendía así. —¡Qué alivio! Yo temía... Mister Parker Pyne movió la cabeza con expresión de reproche. —Fracaso es una palabra que no se tolera en este establecimiento. Si yo no creo que puedo sacar el asunto adelante, no me encargo del caso. Si me encargo, el éxito está ya prácticamente asegurado. —¿Tiene ya su anillo y no sospecha nada? —Nada en absoluto. La operación se realizó del modo más delicado. Daphne Saint John dejó escapar un suspiro. —No sabe usted el peso que me quita de encima. ¿A cuánto ha dicho que ascienden los gastos? —Sesenta y cinco libras con diecisiete chelines, eso es todo. Mrs. Saint John abrió el bolso y contó el dinero. Mister Parker Pyne le dio las gracias y le extendió un recibo. —Pero ¿y sus honorarios? —murmuró Daphne—. Esto es sólo por los gastos. —En este caso no hay honorarios. —¡Oh, mister Parker Pyne! ¡Yo no podría, de verdad! —Mi querida señorita, debo insistir. No aceptaré un penique. Esto iría contra mis principios. Aquí tienen su recibo. Y ahora... Con la sonrisa de un mago feliz que está dando término a una jugarreta afortunada, se sacó del bolsillo una cajita que empujó a través de la mesa. Daphne la abrió. Según todas las apariencias, contenía la imitación del anillo con el diamante. —¡Bruto! —exclamó Mrs. Saint John haciéndole una mueca a la joya— ¡Cómo te odio! Tengo ganas de tirarte por la ventana. —Yo no lo haría —dijo mister Parker Pyne—. Eso podría sorprender a la gente. —¿Está usted completamente seguro de que no es el verdadero? —preguntó Daphne. —¡No, no! El que me enseñó usted el otro día está bien seguro en el dedo de lady Dortheimer. —Entonces, todo está bien —dijo Daphne, levantándose con una sonrisa feliz. —Es curioso que me haya preguntado usted eso —dijo mister Parker Pyne—. Por supuesto, Claude, pobre muchacho, no tiene mucho seso. Hubiera podido confundirse fácilmente. Y así, para asegurarme, lo he hecho examinar esta mañana por un perito. Mrs. Saint John volvió a sentarse de repente. —¿Y qué... qué le ha dicho? —tartamudeó ansiosa. —Que es una imitación extraordinariamente perfecta —dijo radiante mister Parker Pyne—. Un trabajo de primera clase. Y así, su conciencia quedará bien tranquila, ¿no es verdad? Mrs. Saint John hizo el gesto de ir a decir algo. Luego se detuvo y se quedó mirando a mister Parker Pyne. Éste volvió a su asiento tras la mesa de trabajo y la miró con expresión de benevolencia. —El gato que saca las castañas del fuego —dijo con gesto soñador—. No es un papel agradable. No me gusta hacérselo desempeñar a ninguno de mis colaboradores. Con perdón, ¿decía usted algo? —Yo... no, nada. —Bien. Deseo contarle un cuentecillo, Mrs. Saint John. Se refiere a una señorita. Una señorita rubia, me parece. No está casada. Su apellido no es Saint John. Su nombre de pila no es Daphne. Por el contrario, se llama Ernestine Richards y, hasta hace poco, ha sido la secretaria de lady Dortheimer. »Pues bien, un día se aflojó la montura del diamante de lady Dortheimer y miss Richards trajo el anillo a Londres para que la fijasen. Muy parecida a la historia de usted, ¿no es verdad? La misma idea que se le ocurrió a usted se le ocurrió a ella: hizo hacer una imitación del anillo. Pero miss Richards era una joven previsora. Pensó en que llegaría un día en que lady Dortheimer descubriría la sustitución y que, cuando esto ocurriera, recordaría quién había traído el anillo a la ciudad e inmediatamente sospecharía de ella. »Y entonces, ¿qué ocurrió? Primero, miss Richards se hizo teñir el pelo de un tono oscuro —y diciendo esto, dirigió una mirada inocente al cabello de su cliente—. Luego vino a verme. Me enseñó el anillo dejando que me asegurase de que el diamante era auténtico, a fin de evitar toda sospecha por mi parte. Hecho esto, y trazado el plan para sustituirlo, esta señorita llevó el anillo al joyero que, a su debido tiempo, se lo devolvió a lady Dortheimer. »Ayer tarde el otro anillo, el falso, fue entregado apresuradamente en el último momento en la estación de Waterloo. Muy acertadamente, miss Richards no creía probable que mister Lutrell fuese una autoridad en joyas. Pero yo, únicamente para asegurarme de que jugábamos limpios, me las arreglé para que un amigo mío, comerciante de diamantes, estuviese en el mismo tren. Esta persona examinó el anillo y declaró inmediatamente. «Éste no es un verdadero diamante, es una excelente imitación.» »Se hace usted cargo del caso, ¿no es cierto, Mrs. Saint John? Cuando lady Dortheimer hubiese descubierto su pérdida, ¿qué sería lo que recordase? ¡Al encantador bailarín que había hecho resbalar de su dedo el anillo cuando se apagaron las luces! Hubiera hecho indagaciones y descubierto que los bailarines antes contratados habían sido pagados para no acudir a su casa. Si se seguía la pista del asunto hasta mi despacho, mi historia de una Mrs. Saint John no se sostendría en pie. Lady Dortheimer no ha conocido nunca a ninguna Mrs. Saint John. »¿Comprende usted que yo no podía permitir esto? Por ello, mi amigo Claude volvió a colocar en el dedo de lady Dortheimer el mismo anillo que había quitado —y la sonrisa de mister Parker Pyne revelaba ahora benevolencia. »¿Y comprende usted por qué yo no podía cobrar honorarios? Yo garantizo dar felicidad a mis clientes. Está claro que no se la he dado a usted. Sólo añadiré una cosa: Usted es joven y es posible que ésta sea su primera tentativa de este género. Yo, por el contrario, tengo una edad relativamente avanzada y una larga experiencia en la compilación de estadísticas. Basándome en esta experiencia, puedo asegurarle que en el ochenta y siete por ciento de los casos la falta de honradez no es remuneradora. Ochenta y siete, ¡piense en ello! Con un movimiento brusco, la supuesta Mrs. Saint John se levantó. —¡Bruto, viejo gordo! —dijo—. ¡Dándome cuerda! ¡Haciéndome pagar los gastos! Y sabiendo desde el principio... —Al llegar aquí le faltaron palabras y corrió hacia la puerta. —Recoja su anillo —dijo mister Parker Pyne ofreciéndoselo. Ella se lo quitó de un tirón, lo miró y lo lanzó por la ventana abierta. Se oyó un portazo. Había salido. Mister Parker Pyne se había quedado mirando por la ventana con cierto interés. —Lo que me figuraba —dijo—. Ha sido una sorpresa considerable. El caballero que vende ahí afuera no sabe qué hacer con él.

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