A esta altura de la vida


A esta altura de la vida es un
lujo no andar jerarquizando discusiones que no 
ameritan ni un femtosegundo de tiempo, cada arruga 
es una verdad, solo que contada de otra manera.

Humildemente nos atrevemos a pedir que si el porvenir 
ha de injuriarnos, lo haga al menos con la
sintaxis adecuada, y nos enseñe a distinguir de lejos
a los que acostumbran magullar para no ser heridos.

Se pasa de largo y sin frenos de los faraones
que se suben al techo de sus preguntas metafísicas,
de las transgresiones maniobrables y las melodías
de salidas de emergencia y escritorios sin estrellas.

A esta altura de la vida el insomnio
sabe ser un recuerdo atragantado, que no aprendió
cómo sugerir que las ilusiones que activan el
sistema nervioso central son ilusiones nada más.

Los minutos, más que pasar, tintinean con heterogénea 
y caprichosa autoridad. Son los mismos que incluso 
agonizando se mofan de la tendencia de congraciarnos 
con las ampollas de nuestra alquiladiza estupidez.

Son frecuentes los momentos que nos encuentran 
alérgicos a posibles alianzas con cualquier forma
de entusiasmo, días que, con encandilada reverencia 
extraen un invierno tendencioso del monedero.

Permanecen los amigos justos, aquellos que han 
demostrado un talento especial para encubrir nuestros 
miedos en tiempos de guerra y ayudarnos
a comprobar la viabilidad de los despropósitos.

Nos reconstruimos con partes incompletas, rogando 
que nuestra biografía no la escriba un autor
novel. A veces nos sentimos tan pequeños que
apenas nos creemos capaces de escalar una baldosa.

A esta altura de la vida se van
fortaleciendo los terremotos de cosecha propia, 
después de haber comprobado que las preguntas 
arrojadas al aire caen luego en forma de bofetón.

Desde que la liebre persigue al tigre tenemos
claro que no siempre los cauces normales son 
constructivos, y que no queremos ver ni en figurita
a los que dominan la hipocresía a la perfección.

Maquillamos decenios de males menores, rompemos
la galleta de la suerte con un rifle
de aire comprimido, con la insensatez onomatopéyica 
de pretender domar relojes susceptibles.

Van quedando en el camino lagrimones que atrasan
la llegada de la primavera; y cuando se arrima
la felicidad, se tachan de apuro los renglones
escritos anteayer sobre la caducidad de lo imposible.

A esta altura de la vida son más
las reglas que las excepciones, peinar canas no
es una presunción, y entre las causas y
los efectos ya no media tanto misterio residual.

Las papilas gustativas con caprichos hereditarios 
deshacen el equipaje de su vehemente filosofía, se 
fundan con algarabía y beligerancia acorazada 
reproches sin rumbo como oportunidades pedagógicas.

A esta altura de la vida ya está claro que madurez es 
algo más que ejercitar un par de responsabilidades 
temblorosas, y nunca falta una copa adicional de 
estremecimiento cuando las excusas son perfectas.

Nada es tan memorable ni tan deplorable. Sacudirse los 
hombros es limpiar un desorden planetario. Saberse 
débil es ser fuerte, y cada amanecer sigue siendo un 
mapa de autopistas, solo que muchas están bacheadas.

A esta altura de la vida se firma el empate con
tal de no ser el borrador de un dibujante de tebeos…



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