05. Los Evangelios son libros históricos: Autenticidad

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Los Evangelios son libros históricos, y para que un libro histórico sea 100 % creíble debe reunir tres condiciones[1]:

-Autenticidad (el libro debe haber sido escrito en la época y por el autor que se le atribuye).

-Veracidad (el autor conoce los sucesos que narra, y no pretende engañar a sus lectores).

-Integridad (los textos han llegado hasta nuestros días sin alteración sustancial).

Autenticidad

La autoridad de los Evangelios está confirmada por cuatro clases de testigos: La Iglesia universal, los Santos Padres, los antiguos herejes y los filósofos paganos que han combatido la religión cristiana[2].

El documento cristiano más antiguo fuera de los libros canónicos es la Carta llamada de Bernabé, que no fue escrita por el apóstol, aunque durante un tiempo se creyera de su autoría. Escrito probablemente en Alejandría en los últimos decenios del siglo I, se cita con certeza el Evangelio de S. Mateo y S. Marcos, es muy posible que aluda al Evangelio de S. Lucas y se pueden encontrar allí algún parecido con las ideas e incluso con las palabras del Evangelio de S. Juan[3].

San Clemente Romano, que murió a fines del siglo primero, refiere varias sentencias de Jesucristo, exhortando a los corintios a recordarlas, de lo cual podemos deducir que estaban escritas en libros conocidos y distribuidos entre los fieles, además del hecho de que estas citas aparecen palabra por palabra en los Evangelios que conocemos[4].

En cuanto a los herejes, aquellos que se opusieron desde los primeros tiempos a determinadas enseñanzas de la Iglesia naciente, representan un testimonio de primer orden a favor de la genuinidad de los evangelios. Todos los herejes, sin excepción, trataron de demostrar sus doctrinas valiéndose de los evangelios. Cuando los apologistas católicos los refutaron, nunca respondieron negando el valor de los evangelios. No se conserva ni una sola negación u oposición de los evangelios[5].

«Cada evangelista escribió los acontecimientos según lo que recuerda, o según se lo le han contado. Es lo que sucede cuando varias personas relatan una película que han visto: en general dicen lo mismo, pero unos insisten en unos detalles y otros en otros. Los matices de unos complementan la versión de los otros. Lógicamente hay diferencias en las palabras porque no se han copiado. Otras veces coinciden casi exactamente, porque eran maneras de contar ya conocidas. Hablan de lo mismo a su manera y, lógicamente, cuando se dice la verdad, todo concuerda»[6].

Hay un gran parecido entre los tres primeros evangelios, los cuales pueden disponerse en tres columnas paralelas y leerse simultáneamente (syn-opsis en griego), por lo cual son llamados evangelios sinópticos[7]. Con excepción de cincuenta versículos, todos los demás del Evangelio de Marcos aparecen en Mateo o en Lucas. De los 1.068 versículos de Mateo, 500 son iguales a los que encontramos en Marcos. De 1.149 versículos de Lucas, 320 se parecen a Marcos. Esto no es casual, sino que refleja una meta en común. Mateo enfatiza a Jesús como el Mesías-Rey, Marcos hace hincapié en su calidad de siervo, y Lucas en la humanidad de Jesús. En cuanto al Evangelio de Juan, el énfasis está puesto en la deidad de Cristo[8].

El testimonio unánime de los Padres de la Iglesia primitiva es que Mateo Leví, un publicano, es decir, un cobrador de impuestos, es el autor del Evangelio de San Mateo. Entre las pruebas internas que podemos encontrar a favor de esto, es decir, de lo que el propio Evangelio nos revela, podemos ver que en Mateo su nombre aparece octavo en la lista de los apóstoles, mientras que en los otros Evangelios aparece en séptimo lugar, siendo esto muy probablemente una nota de humildad de su parte, además del hecho de que en su propio listado se llama a sí mismo “el publicano”[9].

Como empleado oficial del fisco romano, se percibe una especial atención de Mateo a los aspectos tributarios. Solo él nos narra que Cristo pagó dos didracmas por sí y por Pedro, que era la cantidad requerida que cada israelita debía pagar como impuesto anual del templo. Solo el primer evangelio refiere la existencia de una moneda propia para pagar el impuesto al Emperador, mientras en el segundo y tercer evangelio se emplea la palabra común de denario[10].

Es inequívoco atribuir la autoría de este Evangelio a un judío, pues utiliza la expresión “Reino de los cielos” en lugar de “Reino de Dios”, según la costumbre judía de no pronunciar el nombre del Señor[11].

Mateo presta bastante más atención que Marcos a la cuestión del poder emergente de los rabinos farisaicos. Debido a que estos rabinos comienzan a alcanzar cierto poder político en Siria-Palestina principalmente después del año 70, es razonable suponer que Mateo fue escrito en la década del 70. El lugar más plausible de redacción sería el área de Siria-Palestina, que fue el lugar donde los rabinos ejercieron mayor influencia durante dicho período[12].

Sobre el segundo de los Evangelios tal cual el orden en que aparecen en la Sagrada Biblia, Papías, que nace en la segunda mitad del siglo I dice:  «Marcos, que fue el intérprete de Pedro, puso puntualmente por escrito, aunque no con orden, cuantas cosas recordó referentes a los dichos y hechos del Señor. Porque ni había oído al Señor ni le había seguido, sino que más tarde, como dije, siguió a Pedro, quien daba sus instrucciones según sus necesidades, pero no como quien compone una ordenación de las sentencias del Señor. De suerte que en nada faltó Marcos, poniendo por escrito algunas de aquellas cosas, tal como las recordaba. Porque en una sola cosa puso cuidado: en no omitir nada de lo que había oído y en no mentir absolutamente en ellas»[13].

El Evangelio de Marcos es como una repetición de lo que Pedro predicaba, al punto de que San Justino lo considera como “las memorias de Pedro” y está dirigido a cristianos provenientes de ambientes paganos, ya que cita poco el Antiguo Testamento, explica las costumbres de los judíos, traduce al griego las palabras arameas y no habla de la ley de Israel; el estilo y la lengua son pobres, por escribir en una lengua que no es la suya; siendo su obra básicamente un conjunto de hechos y palabras de Jesús descritas por un testigo ocular[14].

En cuanto a la fecha de composición, probablemente fue escrito alrededor del año 70, cuando los romanos destruyeron Jerusalén y quemaron el Templo. Como Marcos no menciona la destrucción de Jerusalén, podemos deducir que su narrativa fue escrita antes de ese año, pues sí muestra preocupación por lo que parece ser la inminente destrucción del Templo (13,1-2.14-23)[15].

Sobre el Evangelio de San Lucas, la mayoría de los exégetas actuales afirman que fue escrito en una Iglesia de la misión gentil de los años 70 u 80. El griego del autor es el mejor de los cuatro evangelios, por lo que es probable que fuera la lengua materna del evangelista. Su obra carece de palabras hebreas, del color localista palestinense y de citas directas del Antiguo Testamento, por lo que estaría dirigido a cristianos de origen gentil[16].

Nacido de padres paganos en Antioquía, es el único autor, no solo de los evangelios, sino de todo el Nuevo Testamento que no es israelita[17]. Compañero del apóstol Pablo, su Evangelio es, según los escritores cristianos de los primeros siglos, lo que en esencia él y Pablo habían predicado entre los griegos. Se le considera la historia más ordenada de los dichos y hechos de Jesús[18]. Hay muchos parecidos de vocabulario y fraseología entre Lucas y Pablo. Harnack cuenta hasta 84 términos comunes entre ambos, que no se encuentran en los demás Evangelios[19].

Este Evangelio presenta a Jesús como el Hombre divino y perfecto. El texto está dirigido sobre todo para el pueblo griego, cuya misión era mejorar al hombre moral, intelectual y físicamente, y cuyo ideal era el hombre perfecto. De la misma manera que los judíos fracasaron en alcanzar la salvación mediante la ley y sus ceremonias, los griegos fracasaron buscándola por medio de su cultura y filosofía. Asumiendo su incapacidad para salvar a la humanidad por medio de la educación, muchos filósofos entre los griegos vieron que su única esperanza de salvación era la venida de un hombre divino. Para satisfacer esta necesidad, Lucas expone a Jesús ante los griegos como el Hombre perfecto y divino, representante y Salvador de la humanidad[20].

Que nadie piense que el autor se aprovecha de una búsqueda de un cierto ideal para “vender” un “Mesías personalizado”, como si de un producto de mercado se tratara la figura de Cristo. Muy por el contrario, lo que Lucas hace es privilegiar en su narrativa cierto aspecto de la figura de Cristo, dejándonos percibir en sus páginas, como en ninguna otra, al Jesús compasivo de parábolas tan hermosas como la del padre misericordioso, la oveja perdida o el buen samaritano.

En cuanto a San Juan, escribió casi una generación después que los demás evangelistas, alrededor del año 100, es decir, a finales del primer siglo, cuando todo lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento estaba escrito, excepto sus propias obras. Escribió para demostrar que Jesús era el Mesías prometido (para los judíos), y el Hijo de Dios (para los gentiles). La palabra clave es creer, la cual aparece noventa y ocho veces en este Evangelio[21].

Según S. Ireneo (130-202), discípulo de San Policarpo (70-155), que fue discípulo de S. Juan, el apóstol escribió su Evangelio para combatir la herejía de Cerinto y sus discípulos, que negaban el misterio de la Encarnación. Y San Jerónimo (347-420) afirma que S. Juan escribió su Evangelio en contraposición con los ebionitas, que también consideraban a Jesús como un hombre[22].

En cuanto a la calidad de su testimonio como testigo, este Evangelio aporta muchísimos datos para inferir que el autor sabe con certeza de lo que está hablando. En el Evangelio aparecen nombres propios que no se encuentran en otros escritos, como Nicodemo, Lázaro, etc. La aparición de Nicodemo solo se explica por el hecho de saber de primera mano que alguien así había ido a hablar con Jesús. También indica que el siervo del Sumo Sacerdote se llamaba Malco (18,10), que el hombre que acusó a Pedro de ser discípulo de Jesús era pariente de Malco (18,26), que Anás era suegro de Caifás (18,13). Que el autor del Evangelio introduzca tantos detalles en su narración es una buena razón para suponer que escribió lo que conocía con certeza y había visto con sus propios ojos[23].

«Es imposible atribuir a otros autores los cuatro Evangelios, pues si hubiese habido engaño en vida de los Apóstoles, éstos hubieran reclamado, y si hubiese sido después de su muerte, se habrían opuesto los Obispos, atentos a conservar la pureza de la fe; se habrían opuesto asimismo los judíos convertidos, pues veían los Evangelios igualados en dignidad al Antiguo Testamento; y los gentiles convertidos, que debían observar una vida de abnegación fundada en esos libros, y los paganos, que así habrían desenmascarado el cristianismo. No lo hicieron con los cuatro Evangelios; en cambio, desautorizaron los Evangelios apócrifos»[24].

Alguien podría apuntar que los testimonios de los Evangelios fueron escritos a unas cuantas décadas de distancia de la vida terrena de Cristo, y que no hay testimonios “inmediatos” sobre Él.

Para dar un poco de luz sobre hipotéticos reclamos, tomo como ejemplo la obra de Suetonio anteriormente mencionada, Vida de los doce Césares. Escrita alrededor del año 121, narra la biografía de los primeros doce césares romanos, desde Julio César hasta Domiciano. Pues Julio César murió asesinado en el año 44 a. C., lo que quiere decir que entre su muerte y la biografía escrita por Suetonio hay 165 años de diferencia, lo cual no impide que sea uno de los escritores más leído de la época romana.

No debemos caer en la tentación de juzgar la distancia comunicativa de hace dos mil años con la vara que nos dan los tiempos actuales, porque tales épocas son incomparables. Hoy tenemos conocimiento al instante de sucesos que ocurren incluso en el más recóndito rincón del planeta, un privilegio que no debe hacernos perder de vista que los informativos con sus noticias de último momento y las biografías siempre actualizadas en Wikipedia son parte de esta era y no de las que nos antecedieron.

Si queremos ser justos a la hora de comparar, el de Jesús es un caso privilegiado, pues se diferencia de otros fundadores de religiones, tal el caso de Mahoma, fundador de la religión musulmana, que murió en el año 632, y la primera biografía completa sobre él aparece al menos 125 años después de su muerte[25].



[1] Alfonso Aguiló: Interrogantes en torno a la fe (4º ed.) Ediciones Palabra. Madrid. 2002.

[2] Nicolás Sylvestre Bergier: Diccionario enciclopédico de Teología, Tomo 2. Madrid. 1831.

[3] P. Juan Leal, S. J.: Valor histórico de los Evangelios. Facultad Teológica. Granada. 1956.

[4] Nicolás Sylvestre Bergier: Diccionario enciclopédico de Teología, Tomo 2. Madrid. 1831.

[5] P. Juan Leal, S. J.: Valor histórico de los Evangelios. Facultad Teológica. Granada. 1956.

[6] Jesús Martínez García: Historicidad de Jesús. En internet: http://www.jesusmartinezgarcia.org/nuevo/Historicidad%20de%20Jesus%20-%20Jesus%20Martinez%20Garcia.pdf

[7] J. Auneau, F. Bovon, M. Gourgues, E. Charpentier, J. Rademakers: Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1982.

[8] Arthur Robertson: Mateo. Editorial Portavoz. Michigan. 1994.

[9] D. Carro, J. T. Poe, R. O. Zorzoli (Editores): Comentario Bíblico Mundo Hispano. Tomo 14: Mateo. Ed. Mundo Hispano. EEUU. 1993.

[10] P. Juan Leal, S. J.: Valor histórico de los Evangelios. Facultad Teológica. Granada. 1956.

[11] El Evangelio y los Evangelios. En internet: http://www.tufecatolica.com/uploads/4/1/5/7/4157565/u7-4a_el_evangelio_y_los_evangelios.pdf

[12] Craig S. Keener: Comentario del contexto cultural de la Biblia: Nuevo Testamento. Editorial Mundo Hispano. 1993.

[13] Eusebio: Historia Eclesiástica, III,39,15.

[14] Eduardo Agatón Hernández: San Marcos Evangelista. Vida, predicación y martirio. Ed. Palibrio. 2013.

[15] Santiago Cortés-Sjöberg: Palabra de Dios. Lecturas dominicales y reflexiones espirituales 2009.

[16] Raymond E. Brown: El nacimiento del Mesías. Comentario a los relatos de la infancia. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1979.

[17] San Lucas, Evangelista. En internet: https://www.corazones.org/santos/lucas.htm

[18] Myer Pearlman: A través de la Biblia, libro por libro. Zondervan.

[19] P. Juan Leal, S. J.: Valor histórico de los Evangelios. Facultad Teológica. Granada. 1956.

[20] Myer Pearlman: A través de la Biblia, libro por libro. Zondervan.

[21] Henrietta Mears: De qué trata la Biblia. Editorial Portavoz. 2005.

[22] François Dreyfus: ¿Sabía Jesús que era Dios? (1º ed.)  Universidad Iberoamericana. México. 1987.

[23] León Morris: El Evangelio según Juan, vol. 1. Ed. Clie. Barcelona. 2005.

[24] Jesús Martínez García. Hablemos de la Fe. Editorial Rialp. Madrid. 1992.

[25] Robert Spencer: ¿Se inventaron a Mahoma? En internet: https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/se-inventaron-a-mahoma-1276240129.html

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