Eufonías y heptasílabos

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Me da escalofríos esta página en blanco. La tinta
que me redime es una corazonada sin azúcar.
Mi pluma, vandálica y analfabeta, escribe sobre los 
escombros de mis sonetos mentiras que son verdad.

Todo en mí viaja de adentro hacia adentro, ignorando 
que en el mundo exterior está ocurriendo un cisma de 
manteles deprimidos. Los verbos que ahora escribo, 
cargan y descargan imprudencias desprestigiadas.

Conclusión I: No es un
aporte significativo estar bronceado en
la profundidad de las tinieblas.

Un párrafo también sabe ser una brasa cayendo al 
precipicio. Las palabras más bellas no son más
que una forma sutil de disfrazar el miedo a
que se vean los dobladillos de nuestros desperfectos.

Siguiendo el consejo de la única gota sobreviviente
de una piscina vacía, arranqué del diccionario
la página donde estaba la palabra amargura,
pero cometí el error de ingerirla sin masticar.

Incógnita I: ¿Qué hago yo, preguntándole al
otro que me habita por qué ahora
soy – espléndidamente – aquel que nunca he sido?

Aprendo a rastrillar vocablos y fronteras, mientras me 
quito del dedo índice una astilla que expresa todo 
aquello que las palabras no pudieron. Continúo 
buscando mi sitio en semblantes benévolos.

Mi imaginación se entretiene acomodando y 
desacomodando inexistentes mosaicos de colores 
diversos. Fuera de mi enajenamiento, el silencio solo 
es desacreditado por el goteo de una canilla.

Conclusión II: Las cargas invisibles que vamos 
acumulando con los años son las
que nos dejan la espalda encorvada.

La tarde pasa caminando, con las rodillas 
desencantadas, buscando un lago donde lavar el 
herrumbre de alguna despedida. La primavera estalla, y 
con ella la furia, como última señal de un condenado.

Dejo caer un terrón de azúcar en la taza
de las confesiones intimidantes, en las que desplumo 
quimeras primitivas y diurnas. Sé que en el
perverso oleaje de algún mar dejé mis pensamientos.

Incógnita II: ¿Qué fue
antes, la corrupción
o la política?

El orgullo es una mancha de sangre cayendo del
cielo, y las turbaciones, trabalenguas de dificultosa 
pronunciación. Ante tanto fatalismo bien alimentado, 
no puedo limitarme a eufonías y heptasílabos.

Dicen que afuera una tormenta con intervalos de 
felicidad concede una tregua a un mundo edificado con 
brea. Habrá que salir a comprar a precio moderado,
el olvido de hoy en una ferretería de ayer.

Conclusión III: Que no se
vislumbre como un privilegio sostenerle
la mirada a la memoria.

¿O es que acaso no piensan que me cansa terminar 
hablando siempre de las banderas rasgas por la sangre 
y la zozobra de la artillería que cubre de muda 
oscuridad el mediodía de un país acuclillado?

Con tres dedos afónicos es imposible aplaudir 
quitándose la boina. Para completar, ha fracasado mi 
proyecto de levantar un castillo de arena al fondo de 
un armario inundado de saliva desconsolada.

Incógnita III: ¿Alguien puede llegar a suponer
que la poesía protege de enfermedades a
los que empujan inquietudes para vivir?

Y aunque la más pérfida de las truculencias salta
a la cancha con cielo despejado, intuyo que
una vez por milenio incluso los mayores próceres
de la inmoralidad deben llorar su vacío sempiterno.

Hago mías incluso las arrugas que no me conciernen,
descorcho – pese a todo – un optimismo sin raíces;
y araño las esquinas de un grito cuando dejo crecer 
libremente mis defectos de carácter doctrinario.

Conclusión IV: Ser feliz es una
indiscreción que no le queda
bien a todo el mundo.

Después de extraviar todos mis comodines apócrifos, 
ejerzo mi función de roncar mis reproches en un 
callejón sin salida. Si me quedo pensando en el ayer, es 
porque aun no sé pintar de azul las horas de mañana.

Con gula póstuma soborno al tiempo suplicando 
indulgencias, cuando ya no perfuma la cuesta de los 
trotamundos cojos, y el espejo me reconoce como
su caricatura favorita, aunque sea solo por incordiar.

Incógnita IV: ¿Por qué en la carrera
de la vida vemos el semáforo ponerse en
verde, pero nunca la bandera a cuadros?

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