Que quede claro

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Que las normas de convivencia recomiendan
sonreír a quien nos mete la mano en el bolsillo,
que madurez es uno de los sinónimos
más difundidos de la palabra resignación,
que el viento no se toma el tiempo
de llevarse palabras muertas.

Que la esperanza también tiene sus esquirlas,
que siempre quedarán los que
crean que un estornudo es coqueteo;
que la gente se zambulle, no en aquello
que los haga felices, sino en lo que
los lleve a sentirse menos apenados.

Que hay sufrimientos que ignoran
lo que significa marchitarse,
que el futuro es un pañuelo
descartable arrojado en una vereda,
que, socialmente hablando, resulta más sencillo
emitir una condena que una absolución.

Que cada quien se ha encerrado
en su irrealidad, y merienda
sándwiches de falsas esperanzas,
que los que no aprenden a distinguir
entre ética y política convierten a
ésta última en sinónimo de insensibilidad.

Que hay dilemas que nos respiran en la
nuca, que la televisión maneja a los televidentes
por control remoto, que las serpientes de arcilla
no perdonan a los buitres de la timidez,
que la fama es el mejor de los sobornos
para las víctimas que se creen victimarios.

Que no es culpa de la sombra que nos acompaña
que cada mano sea una pistola apuntando al 
alambrado pecho de nuestros semejantes.
Que el día es una estaca de horas demasiado
iguales, que estamos curados de espanto
de legañas que nacen congeladas.

Que damos la vuelta olímpica festejando
campeonatos ajenos, que en este mundo importan
más las apariencias que los límites, que hasta
el insomne e intransferible dolor es digital
en estos tiempos, que la noche es
un incendio demasiado despierto para mi gusto.

Que la palabra del hombre se parece cada vez más
al balido de las ovejas cobardes, que la fórmula de
la eterna juventud se encuentra en el fondo de las 
contaminadas aguas de un lago antaño cristalino,
que se está desencadenando una guerra civil
hecha de espejismos y melancólicas psicografías.

Que cuando el fanatismo estrangula tiene la
deferencia de ponerse guantes de cirujano, que
cada uno elige el mito que más
le ayuda a definirse, que todo mal
augurio adquiere otro color si se lo
deja unos minutos en el microondas adecuado.

Que la realidad enseña tarde o temprano que
el ombligo no es frontera, que los tribunos
que maltratan la economía nos enroscan en
el cuello un cumplido difícil de agradecer,
que la devastación provocada por las llamas
de la corrupción no conoce de indulgencias…

Eufonías y heptasílabos

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Me da escalofríos esta página en blanco. La tinta
que me redime es una corazonada sin azúcar.
Mi pluma, vandálica y analfabeta, escribe sobre los 
escombros de mis sonetos mentiras que son verdad.

Todo en mí viaja de adentro hacia adentro, ignorando 
que en el mundo exterior está ocurriendo un cisma de 
manteles deprimidos. Los verbos que ahora escribo, 
cargan y descargan imprudencias desprestigiadas.

Conclusión I: No es un
aporte significativo estar bronceado en
la profundidad de las tinieblas.

Un párrafo también sabe ser una brasa cayendo al 
precipicio. Las palabras más bellas no son más
que una forma sutil de disfrazar el miedo a
que se vean los dobladillos de nuestros desperfectos.

Siguiendo el consejo de la única gota sobreviviente
de una piscina vacía, arranqué del diccionario
la página donde estaba la palabra amargura,
pero cometí el error de ingerirla sin masticar.

Incógnita I: ¿Qué hago yo, preguntándole al
otro que me habita por qué ahora
soy – espléndidamente – aquel que nunca he sido?

Aprendo a rastrillar vocablos y fronteras, mientras me 
quito del dedo índice una astilla que expresa todo 
aquello que las palabras no pudieron. Continúo 
buscando mi sitio en semblantes benévolos.

Mi imaginación se entretiene acomodando y 
desacomodando inexistentes mosaicos de colores 
diversos. Fuera de mi enajenamiento, el silencio solo 
es desacreditado por el goteo de una canilla.

Conclusión II: Las cargas invisibles que vamos 
acumulando con los años son las
que nos dejan la espalda encorvada.

La tarde pasa caminando, con las rodillas 
desencantadas, buscando un lago donde lavar el 
herrumbre de alguna despedida. La primavera estalla, y 
con ella la furia, como última señal de un condenado.

Dejo caer un terrón de azúcar en la taza
de las confesiones intimidantes, en las que desplumo 
quimeras primitivas y diurnas. Sé que en el
perverso oleaje de algún mar dejé mis pensamientos.

Incógnita II: ¿Qué fue
antes, la corrupción
o la política?

El orgullo es una mancha de sangre cayendo del
cielo, y las turbaciones, trabalenguas de dificultosa 
pronunciación. Ante tanto fatalismo bien alimentado, 
no puedo limitarme a eufonías y heptasílabos.

Dicen que afuera una tormenta con intervalos de 
felicidad concede una tregua a un mundo edificado con 
brea. Habrá que salir a comprar a precio moderado,
el olvido de hoy en una ferretería de ayer.

Conclusión III: Que no se
vislumbre como un privilegio sostenerle
la mirada a la memoria.

¿O es que acaso no piensan que me cansa terminar 
hablando siempre de las banderas rasgas por la sangre 
y la zozobra de la artillería que cubre de muda 
oscuridad el mediodía de un país acuclillado?

Con tres dedos afónicos es imposible aplaudir 
quitándose la boina. Para completar, ha fracasado mi 
proyecto de levantar un castillo de arena al fondo de 
un armario inundado de saliva desconsolada.

Incógnita III: ¿Alguien puede llegar a suponer
que la poesía protege de enfermedades a
los que empujan inquietudes para vivir?

Y aunque la más pérfida de las truculencias salta
a la cancha con cielo despejado, intuyo que
una vez por milenio incluso los mayores próceres
de la inmoralidad deben llorar su vacío sempiterno.

Hago mías incluso las arrugas que no me conciernen,
descorcho – pese a todo – un optimismo sin raíces;
y araño las esquinas de un grito cuando dejo crecer 
libremente mis defectos de carácter doctrinario.

Conclusión IV: Ser feliz es una
indiscreción que no le queda
bien a todo el mundo.

Después de extraviar todos mis comodines apócrifos, 
ejerzo mi función de roncar mis reproches en un 
callejón sin salida. Si me quedo pensando en el ayer, es 
porque aun no sé pintar de azul las horas de mañana.

Con gula póstuma soborno al tiempo suplicando 
indulgencias, cuando ya no perfuma la cuesta de los 
trotamundos cojos, y el espejo me reconoce como
su caricatura favorita, aunque sea solo por incordiar.

Incógnita IV: ¿Por qué en la carrera
de la vida vemos el semáforo ponerse en
verde, pero nunca la bandera a cuadros?

Rumorología

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Partidario de la impersonalidad,
dejó una flor de plástico ante sus pies.
Ella, que tres minutos antes solo
fotografiaba goteras en los palacios
envolvió ese momento, para intentar
conservarlo el mayor tiempo posible.

Él no lograba rememorar que herética
melodía se filtraba por las paredes que
dividían sus tonterías de sus imbecilidades.
Ella, dolorosamente intocable, con sus
complejos de cojines agonizantes, fisgoneó
en su bolso, rastreando una risa tardía.

La rumorología de las bocas que adulteran un
trozo de vida malvivida, hace tiempo extraviado,
dirá que se desprogramaron, se aflojaron un par
de tornillos; y recién salidos de la estantería
de los que se acaban de caer, les leyó el código
de barras del futuro una caja registradora analfabeta.

Eran dos insignificantes divergencias subatómicas
girando en un universo colapsado, intentando
no asemejarse a la dupla protagónica de una
película muda y de ilusiones en blanco y negro.
Lucharon por invertir su tiempo en algo más
productivo que dispararse estereogramas.

Fueron cicatrizando penitencias, armándose
de osadía, escalando lágrimas bajo fianza,
olvidando su alter ego en autopistas despeinadas.
Todavía no era el momento de
aceptar que cuando se empaña la
madrugada baraja comodines estrafalarios.

La rumorología y su inverosimilitud suprema
dirá que quizá haya restos de heroísmo
interpolados en el bolsillo de esta narración,
aunque puede que sea cierto que detrás de
una leyenda dudosa se esconda un rayo que
expulsa un díptico de puntos suspensivos.

Un exilio comenzó a diseminarse por
la enésima bifurcación de un final
marcado con violeta en el calendario.
Y se fueron acostumbrando a convivir
detenidos en medio de una tregua, a
orillas de un mar de aguas solitarias.

Él ya no supo cómo desenredar
las estrellas de su pelo. Ella
adquirió el hábito de oscurecer
en plena tarde, rogando que
la noche no fuera otra vez
una maleta de ofrendas encharcadas.

La rumorología de los barrios de sombreros
amotinados y abanicos de nombres furiosos
dirá que consumieron con melancólica elegancia
lo que les permitían las pequeñeces de la vida.
Y enunciarán que hasta una frívola ilusión
se termina volviendo inapelable.

Él no pudo percatarse a tiempo que la
sombra de su sonrisa comenzó a caminar
sobre un jardín de botellas de vidrio partidas,
y ella comenzó a actualizar sus indecisiones
como quien se pone una campera
después de tomar una cucharada de vinagre.

Un día como cualquier otro, olvidada la
contraseña que les permitía acceder a la
hazaña de soñar despiertos con el cuerpo dormido,
se desearon buena suerte en el destierro
y marcharon a contar las grietas de la única
habitación de su mundo en miniatura.

Argentina dos mil siempre

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Voy a hablar sobre un cuento de hadas
arrojado a la hoguera, donde se pudren los
peldaños de la escalera hacia el futuro. No debe
enorgullecernos ser partícipes de este histórico ocaso.

Los días transpiran veneno por sus lunares.
El orden social con el que hemos pactado
(creyéndolo el mejor posible o el menos funesto)
solo trae consigo sufrimiento o abandono.

Y mientras tanto, los que deshabitamos este país…
Ya que aún no nos hemos
afiliado a la unanimidad seguimos
deleitándonos con pan duro para
encías solitarias. Insurgentes prejubilados,
disertamos en voz baja en el
parlamento de las furias y las penas.

La estadística transforma a las
personas en cifras equivocadas.
Con tantos que la alimentan a diario,
la muerte está más viva que la vida.

El apostolado de lo perecedero ofrenda
los últimos restos de ideales carcomidos.
A los zurcidores de inocencias nos cuesta masticar
los días que se desmayan encima nuestro.

Y mientras tanto, los que deshabitamos este país…
Plebeyos con ambiciones que llegan a
la mesósfera, observamos la soberanía
de las luces desde las sombras
de la caverna de Platón.
Construyendo origamis de chicle, con
el entusiasmo de los despertares homicidas.

Me atrevo a aseverar que en nuestra patria
se han robado incluso un par de pecados capitales.
¿Sabrá venir otro tiempo, de lunas ajadas
alumbrando nuestra tenebrosa forma de existir?

Jugando a contar las luces apagadas
en un bosque de fantasmas derrelictos,
¿Cómo puede avanzar un terruño que
cultiva hace tiempo legiones de parias?

Y mientras tanto, a los que deshabitamos este país…
Nos han suministrado sin misericordia una
infusión de adversidades, disueltas en
agua exprimida de un arrollo contaminado.
Imposible tomarse en serio este reino, que no
es más que una enorme rotisería atendida
por pilotos de karting sin ganglios ni entusiasmo.

Mi país es una cerradura gigante donde depredadores 
con avidez infinita crean sus propias reglas.
¿Qué hacemos cuándo los que deben proteger a
los corderos afilan las dientes de los lobos?

Alguna vez escribió Benjamín Prado que la ofuscación 
es la última bala de los resentidos…
(Pasa que aquí, hasta de resquemores nos despojaron).

Argentina es un interminable crucigrama
que nadie se molesta en resolver….

Un cuento de Shiro Dani

No era un escritorio al uso, sino la tapa de algún mueble usada como mesa. Lo recuerdo en mi casa desde siempre. Estaba muy desgastado y sobre la tapa había letras y palabras marcadas, hechas seguramente en momentos de aburrimiento al hacer los deberes o en los que me quedaba por un instante pensando en cualquier cosa.
Pasar por la superficie de esa madera la mano ahora, 40 años después, y especialmente sobre esas marcas, me ha hecho recordar una tarde muy especial...
Escribía una carta de amor. En ella hacía saber a quién iba dirigida, que entendía bien, que lo nuestro era un amor imposible. Intentaba decir sobre un papel lo que no me atrevía a decir cara a cara.
Al terminarla, la metí dentro de un sobre con su nombre y le puse colonia de mi hermano. La mía era demasiado infantil. La guardé en la cartera del colegio y, al terminar de beberme el vaso de leche, me fui corriendo. La tuve en el bolsillo todo el tiempo, pues no encontraba el momento de dársela sin que nadie me viera. Se acercaba la hora de salir y la carta aún estaba en mi bolsillo.
Era el último día de colegio y pasaría mucho tiempo hasta que volviésemos en septiembre e incluso, seguramente, no iría con ella. Tocó la campana de salida y los nervios se apoderaron de mí... Me empezaba a dar vergüenza mi cobardía. ¿Qué podría pasarme? Total, no es nada malo declararse y encima podría ser que dijera que sí, aun sabiendo que había muchas cosas en contra... (Sí, así de iluso era). De repente, se me ocurrió una idea.
Ya no había casi nadie en la clase. Solo quedábamos unos pocos niños corriendo por las mesas. Me acerqué a donde estaba ella recogiendo sus cosas y le dije:
A alguien se le ha caído este sobre al suelo y como tiene su nombre, Seño, imagino que será para usted.
Se la dejé sobre la mesa y salí pitando de allí por si la abría.

Shiro Dani. Café con vistas. Ed. Babilonia, 2017

Extraído de http://vocesdelextremopoesia.blogspot.com.ar

La recuerdo bien

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Siempre llegaba tarde, con un febrero
despintado y el perfume de un retorno
cargado de colores, con el dejo de
misterio propio de un ritual antediluviano.

La recuerdo bien,
materializándose en un susurro
de acento indescifrable.

Ocasionalmente sus ojos brillaban revelando
un deseo que juzgaba ajeno,
con la atípica resignación de
quien se considera una persona feliz.

La recuerdo bien…
Su sonrisa resultaba tan efímera que parecía
ser un obstáculo entre su rostro y las personas.

Era de aquellos que riegan
los claveles con arena,
con la implacable cordura de quien
cena los vientos de septiembre.
Dejaba correr el tiempo sin llegar con ella
misma a un acuerdo sobre sus decisiones.

Tras sus pasos iba dejando una
extraña variedad de flores venenosas.
Pisó tanto su propia vida que terminó
siendo irreconocible incluso para ella misma.

La recuerdo bien,
empuñando el paraguas de la histeria
en mitad de la tormenta.

Aprendió a adiestrar sus pesadillas
para que ya no pudieran arañarla.
Era el terremoto de su mirada un
sistema de signos por descifrar.

Era una desconfianza sin asueto,
una paz que sangra por la herida,
un cielo en tardes tormentosas.

Con su ángel y su demonio en cada hombro,
a diario lanzaba al aire una moneda
para dilucidar a cuál debía obedecer.
Su rabia a contrapelo era una parodia de
la algarabía. Para llegar a ella había que
atravesar un angosto pasillo hacia su narcisismo.

Llegué a aceptar sus cambios de ánimo como
una condición natural que no pedía permiso
para llegar, una especie de terremoto
en el momento más inesperado.

La recuerdo bien…
Yo quise pagar el rescate por esa parte
del corazón que tenía secuestrada.

Una vida habitando un cuerpo,
que cobija un alma con muchos disfraces;
contemplando el firmamento
a través de ranuras insomnes.

La recuerdo bien,
corazón de hielo y manos de sol, descendiendo
al infierno solamente para broncearse.

Con su poco venerable victimización,
repartía al oyente de turno algún
pequeño trozo de martirio.
Aunque en ciertos feriados entusiastas
creí vislumbrar al fondo de su
mirada un relámpago de azúcar.

Se vestía de penumbra cada
vez que la embargaba el miedo
a perderlo todo, y aplastaba cada
peldaño con los nervios descalzos.

La recuerdo bien,
diagramando murmullos,
absolutamente saturada de escepticismo.

Extorsionada por su propia escala
de delirios, lanzaba gotas de limón
contra los espejos cuando la imagen
que proyectaban no era ya satisfactoria.

La recuerdo bien…
Guardando su depresivo corazón
dentro de un paquete de Malboro.

Caminaba por el jardín con los
ojos vendados, solo para cumplir
con su capricho de pisar espinas.
Pretendía curar sus soledades
salando nimiedades en
su jaula de marfil.

La recuerdo bien…
Al extremo de guardar sus palabras en un
frasco de vidrio que anteayer se rompió…

El profeta de las causas perdidas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Tres peldaños de doce meses lo separaban de las
siete décadas. Jubilado y sin mayores compromisos
que arrojarle un ladrillo a su melancolía.

Ejerció sin vocación ni fortuna un sinnúmero
de oficios, y su sociología de la barbarie
se balanceaba con la púrpura acometividad
de quien ha sufrido sin acobardarse.

Ramillete de evocaciones apócrifas, con
una imagen del Gauchito Gil en la
billetera, nunca tuvo en claro su
propia existencia, o si sólo emergía a
diario de la lírica de la desesperación.

Feligrés desde hace casi dos décadas del mismo
bar, ya habituado a escarbar en las penumbras, 
reconstruyendo, entre sorbo y morbo, un eructo
revestido con todos los ornamentos de la zafiedad.

Con la indolencia extrema de los acostumbrados
a la calamidad, hablaba de su vida sin poder
evitar confluir en sus emociones malgastadas.

Acariciando sombras agrietadas aprendió con los años 
que el ejercicio de la queja no
equilibra el universo, y que las lágrimas
ya no son gratuitas ni automáticas.

Mitificaba sonriente un tiempo desahuciado,
de pálidas ruletas y otoños desgalichados,
salones en penumbras, deudas
impagables y heridas exhalando pulcritud.

Aferrándose a su milenaria experiencia de resacas
y amnesias, su saliva de dinastías desangeladas 
pregonaba que otro tipo de insolencia es posible.

Dentro del discontinuo ritual de sus lánguidas
disertaciones, me dijo un día que tal
vez la vida sea simplemente una poco
productiva acumulación de pormenores,
en una humanidad que se hunde
bajo el peso de lo contradictorio.

En un tiempo de conformismo escéptico ante
las pequeñas satisfacciones, donde las metáforas
colisionan con lo literal, escuché de
sus labios, gruñido mediante, que
para llegar a la cordura, primero hay que
agotar una larga lista de insensateces.

Perdidos en lo insignificante, ninguno de sus 
interlocutores tomó nota de las pisadas, las
soledades y los abrazos que yacían
debajo de su lengua en cada soliloquio.

Dentro del profeta de las causas
perdidas conviven la guillotina de otros
siglos con el dolor del veintiuno.

Con el brillo gastado de unos ojos que estaban
más allá de atardeceres y esperanzas, su
boca de perpetua madrugada sabía que el
mundo con sus alas de insecto ya no ofrecía,
a esa altura de la historia, ninguna novedad.

Beber en exceso parecía ser regla de oro
de un protocolo personal muy arraigado.
Con un pasado desafiante a su espalda,
se perdía divagando en un tiempo
en que el futuro estaba intacto.

En la sucia taberna donde el protagonista
de esta historia se balancea algunas
horas a diario, después de las doce de la
noche todas las gargantas son hermanas.

Como el más inesperado de los truenos, sus
palabras admonitorias retumbaron dentro
de mis convicciones, cuando me dijo
que caminamos por la vida en un estrecho
pasadizo rodeados por alambres de púas.

Se retiraba cada noche tartajeando con
hidalguía, saludando a los parroquianos que
levantaban su vaso en señal de respeto a su
trayectoria de libar con pálida resignación.


Dicen que empezó a caer sangre de sus
narices, aunque otras voces juraron que era
brandy. Lo cierto es que fue en el mismo
bar de siempre, donde se escuchó por
última vez su afonía con copyright.

Nadie pudo establecer con certeza cuál fue
el último versículo de su apocalipsis personal…

Voces

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

No sienten los golpes.
Se acurrucan en la niebla
sin dejar de sonreír.
Languidecen irguiendo su desasosiego.

Rebotan. Se comprimen.
Señalan con un dedo adormecido,
tratando de mostrarse naturales.
Felices a su manera.
Miserables a su manera.

Juran desconocerse. Esperan comprensión
al fondo del abismo. Los
mapas de la noche se
desangran desde que el hedonismo
es la ideología dominante.

Voces desde la penumbra
de una lata de tomates,
que pretenden refundar por
completo la sociedad ofreciendo
un lago artificial en cuotas.

Voces que relinchan sus
recientes adquisiciones.
Como bocinas hambrientas,
entre alambradas
heladas de frío.

Voces de interrogatorios y estampidas,
voces boreales,
de arribistas anticuados,
opacas, desteñidas,
voces de incendio y espuma.

Adversarios de bolsillo,
aúllan como lobos
buscando un recoveco
de gloria indigente.

Voces que sostienen que toda
alegría es, a su modo, irresponsable.
Trágicas y majestuosas, arrugadas,
dolorosamente deslumbrantes.

Voces de clandestinas detenciones
y luces estroboscópicas,
voces de barricada, de pólvora,
de alfileres y estampidas desgajadas,
voces de eudemonismos astillados.

Golosas de murmuraciones nacidas en
bocas de niebla, que ocultan su
ideología, su barbilla y sus
eclipses debajo de la corteza
de un grito de socorro.

Vendrán otras voces,
con ladridos completamente
claros y un objeto de deseo
más productivo y a lo
mejor menos obstinado.

Con tonalidades que
aprisionen la plenitud
del tiempo.

Y que resuciten en laringes
que abracen los sonidos
de otros cielos.

Están dejando mucho que desear…

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Están dejando mucho que desear
las botellas de vino,
las torpezas visionarias de este
miércoles a la mañana,
los andamios, las paredes,
las hormigas, las grietas desertoras.

El dedo meñique del pie
de los ascensoristas destartalados, los
recuerdos descongelados, los filósofos
acurrucados tras el murmullo de
una máquina de escribir, los
camiones de reparto de neuróticos.

Los que vomitan su
plataforma política sobre la
alfombra, los peces fugitivos,
el ronroneo poco sabio de
la heladera, la lluvia
que humedece las agendas.

La presencia escénica de los
atribulados, los viñateros de
opiniones sacrosantas, los que
agitan las banderas de sus
propios estropicios, las rotiserías
de los finales infelices.

Los delegados sindicales de patologías,
las confidencias subtituladas, los
odontólogos que anestesian intuiciones,
los instintos primitivos de
los pusilánimes, las cicatrices
que tosen por los ojos.

Los que dejan caer saliva sobre
la flor de los vencidos,
los días que nacen ennegrecidos,
los que agachan la cabeza y
disparan a matar jurando protegernos,
los rehenes de la aprobación ajena.

El apretón de manos de los
mayordomos del discurso nómade
(por no decir hipócrita),
los que brindan por la muerte
ajena antes de suicidarse,
los solsticios de recuerdos equivocados.

Los que olvidan su sonrisa
tras el humo del olvido,
los prestamistas que negocian con promesas
de arena, los grimorios en manos
de principiantes, las sillas domesticadas,
los otoños de párpados huraños.

Las cenicientas que no se
tapan la boca para bostezar,
los viejos verdes que parafrasean
volátiles predicciones, los que
se limpian los incisivos con
la tristeza de sus compatriotas.

Las uñas de lo perdido, que
se clavan en zaguanes de telgopor,
las salivas anónimas que se
autoproclaman herederas de telarañas faraónicas,
los redactores de gramática sombría,
que obsequian flores mal redactadas.

Las hijas de las madres que
deshojan tardecitas, por no tener un
perro que les ladre; los que
recitan disparates vespertinos a los cuatro
ladrillos que llevan de equipaje, los
que estornudan ironías por las orejas.

Las teorías científicas que piden a
gritos un cambio de pañales,
la catarsis de las páginas en
blanco, los adjetivos que se mueren
en las telarañas del manicomio, los
rezongones que no ahorran en detalles.

Los que rasguñan la espalda
de la racanería, los que exhiben
su abdomen de dieta baja en
calorías como una matrícula de honor,
los que confunden amor con extorsión,
los aristócratas de vista anubarrada.

Los que cobran los favores de acuerdo
a la inflación, los que hablan a
través de sus pulgares indolentes, los
que meditan sin decoro sus minuciosas
ironías, los que desgarran las costuras
de lo ridículo en un compartimiento secreto.

Están dejando mucho que desear…
Los proverbios indignos de pronunciarse en voz alta…
Los dientes desconocidos por sus propias encías…

Los que esgrimen su irenismo a punta de pistola…
Los pantanos donde florecen tableros
de ajedrez con peones maniatados…

Apuntes sobre la poesía y los poetas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

La poesía es como un perro que ladra;
aunque a veces aprende a morder,
para recortar con palabras un trozo
del mundo a su imagen y semejanza.
La poesía es una moto despintada
transitando por resecos matorrales.

El poeta interrumpe los
silencios predicando malentendidos
(comúnmente llamados metáforas).

La poesía es el disfraz que se pone
el alma cada vez que se desnuda.

El poeta ve germinar un verso
en cada nueva cicatriz; payaso
en decadencia que aprende
a improvisar entre las sombras;
radar que verifica dónde persisten
anfibológicos rastros de esperanza.

La poesía ama,
se lamenta,
llora.

Poesía es la astucia temblorosa
de andar siempre a la deriva.

Al poeta se le puede exigir que al momento
de abordar lo tangible, sea un poco
menos miope que sus contemporáneos;
porque cuando no ejerce su rol como es
debido, termina haciendo terrorismo literario.

La poesía es un pulmón de madera
pudriéndose en el fondo de un lago, pero
que tarde o temprano consigue emerger.
Es la búsqueda difidente de quien solo anhela
vaciarse de contenido; asumiendo este ejercicio
como la única forma posible de liberación.

El poeta deambula,
mueve la cola,
implora.

¿Quién le manda al poeta a andar hurgando
bajo el ala del sombrero la frase nunca dicha?

El poeta esparce sus ideas descabelladas
sobre el mar, engañando a la palabra
en la perenne víspera de un imposible.
Es verdaderamente poeta cuando anda
garabateando su cuaderno en medio del
incendio. (O a dos metros del apocalipsis).

Para el poeta es el peor de los pecados
transformar la metáfora en discurso
(la metáfora no busca convencer sino hechizar).

La poesía busca la
destitución de lo imposible.

La poesía sustituye a quien está de
vacaciones de sí mismo, peatonal
solitaria que cada tanto visita
algún turista; anhelo del bienaventurado,
danzando entre ventiscas de arena.

Al mismo tiempo, esqueletos fachendosos
recién salidos de un sepulcro nada santo,
cansados de mirar siempre de afuera, se
especializan en poblar de etiquetas la poesía,
tratando de explicar lo inexplicable.

- Y yo sigo sin conocer ningún avión
que vuele más alto que los poetas -

Los desnortados

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)


Los desnortados, los insubordinados,
tumbados sobre el hambriento brillo del
invierno, andan distorsionando percepciones,
hasta desgastar la corteza de lo inasible.

Jumentos azotados por lo irremediable,
desabotonando inventarios de conjeturas,
embajadores de entusiasmos astronómicos,
elogiando la célebre asfixia que los une.

Los desnortados, los susurrados,
abismos de pensamientos apedreados, chapoteando
en un ovillo de distancias inmaculadas, se
abrigan demasiado con hipérboles mezquinas.

Tosiendo un simulacro de vientos
implacables, con un temor a
volar que no les impide caer
cuantas veces lo crean innecesario.

Los desnortados, los distanciados,
olas devastadas de un mar que no sabe
ser libre, soñando encerrar toda la
claustrofobia del mundo en una caja de zapatos.

Capaces de tributar culto a un escarbadientes,
convictos de escaleras de pan lactal,
dilapidando amaneceres clandestinos,
sin París, sin aguacero y mal pagados.

Los desnortados, los dibujados,
con la sonora rutina de sonreír con un
nudo en la garganta, pintando al óleo
desilusiones aficionadas con el estómago vacío.

Exhibiendo penurias con sentimentalismo
filantrópico, tacaños abyectamente patrocinados, 
copropietarios de un escondite, con
todos los resentimientos lavados y planchados.

Los desnortados, los engañados,
regando cada tardecita los remordimientos que les 
crecen en el pecho, ya el cuero no
da como antes para vocear alegrías robadas.

Con su llamativa ceremonia de amarrar
hasta el último murmullo al muelle de
las apariencias. Prefieren servir sus frustraciones
en vasos largos de cristales azulados.

Los desnortados, los abandonados,
los burlados, los mal pintados,
los enterrados, los enfrentados,
los evitados, los sospechados…

Mentiras de patas largas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Se creyó implícitamente la pelusa del ombligo del 
planeta, y me contó mentiras de patas largas que yo 
quise creer, sin querer queriendo.

A falta de palabras hipnotizantes, yo solo
pretendía indicarle con los ojos que el
azúcar cuando duerme también tiene pesadillas.

No es que no quiera escuchar lo
que su recuerdo tiene para decirme,
el caso es que no quiero creerle.

En aquellos momentos en que mis palabras y
mis labios no estaban de acuerdo sus ojeras
me observaban atentas. Sus ojos no sé.

Sumé y resté las flores de sus mejillas,
invitándola a una eternidad un tanto breve.
En mi garganta nunca dejó de dormir aquel
guerrero que coleccionaba canciones heridas.

Cuando adjetivaba sus fracasos, siempre
ponía un especial énfasis en la
segunda “e” de la palabra reluciente.

Tenía un corazón desmembrado, pero eso sí, 
autosuficiente. Traía sobre su lomo la oscura sonrisa 
de los que viven con la boca llena de soledad.

Le envío un beso en la distancia, que
termina rebotando contra la pared. Mi amor
propio acaba de descender millones de escaleras.

Duele constatar que todo se reduce a una pléyade de 
experiencias más o menos inconfesables, interpretando 
el mismo papel de siempre, de morder y ser mordidos.

En nuestra simetría de párpados en
trance, prescindimos del cálculo, el artificio
y la irisación. Nunca nos sacudimos
la arrogancia y las preguntas subrayadas.

Aún me pregunto qué sería de
nosotros si hubiéramos guardado nuestras grisáceas 
inseguridades en un lugar más seguro.

Se creyó explícitamente la escandalosa defensora de lo 
inapelable, y me dejó mentiras de patas largas con las 
que me sigo amigando, sin perder perdiendo.

Libres

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Somos libres…

Libres para revender ambiciosos algoritmos, para 
engrasar lo ilícito, para pronunciar discursos 
ineficientes sin que nadie escuche a nadie, para
estar descargando con pupilas inexpresivas
las últimas aplicaciones para el celular.

Libres para pisar caca de perro, para ser 
honorablemente infelices, para superpoblar
ciudades de crisis nerviosas y murmullos
reclinables, para rellenar con pulso quirúrgico
el mutilado anecdotario de los atenuantes.

Libres, y lo suficientemente informados para que
la catarata de noticias que recibimos nos infecte
hasta la última molécula de la poca sangre que
nos queda; para auto convencernos de que
un latigazo a traición es un cariño redentor.

Libres para salir a la calle a ser uno
menos en el ir y venir de sombras
que malgastan su vida, para elegir con
que mano protegernos la entrepierna
cada vez que empiezan las patadas.

Libres para que un gurú nos venda el
camino más sencillo hacia la “felicidad”
en un programa de seis semanas; para
bañarnos en ríos contaminados, y empacharnos
de comida genéticamente adulterada.

Libres para traspasar en módicas cuotas a las
próximas generaciones las mismas aflicciones
que nuestros antecesores nos legaron…
Libres para elegir la esclavitud de la
droga, la ludopatía y el egoísmo.

Libres para hablar más que nunca y no decir
nada importante; para pagar, recibir la mercadería
y construirnos un relato donde estamos haciendo 
historia; libres para creer que es buen
negocio este desayuno de analgésicos vencidos.

Libres para amarretear hasta el último centavo,
y buscar el modo más ingenioso de
caer más bajo, libres para pasar horas
en las redes sociales defendiendo a los
políticos que se ríen de nosotros.

Enjambre de supersticiones

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Domingo de tomar té con masitas con
un espantapájaros analfabeto, en un jardín
de platos rotos y vergüenzas por el estilo.

Domingo de aprender que es mejor
no cortarse las uñas para arañar
los indescifrables pasillos de la memoria.

Domingo de infamias imperceptibles, y
de quedar mano a mano él y yo, un
insomnio invicto que se niega a jubilarse.

Domingo de canciones desconsoladas, de arrojar al 
almanaque una procesión de gritos transpirados
con meticulosa e insoportable parsimonia.

Domingo de vanidades primerizas, romances 
embalsamados, de dos y dos sumando seis 
generaciones de rendiciones aromáticas.

Domingos de asalto a caricia armada,
de caligrafía en llamas, de procesos de erosión,
de protobiontes, de exhaustos picaportes.

Domingo de querellas apresuradas, de
acariciar el pelo al letrero que anuncia la
capitulación de un escultor tenebroso.

Domingo de reconstruir papeles locuaces, aunque
desgastados, de estrangular audacias invisibles,
de disecar un enjambre de supersticiones.

Domingo de estudiantes de arte dramático
vestidos de negro, de inviernos que se
acurrucan bajo la escalera para pasar el otoño.

Domingo de reverberaciones y palafrenes,
de perseguir caricaturas en los copetines,
de acariciar novedades cubiertas de rocío.

Domingo de viajar en un avión de
párrafos displicentes, de muecas de disgusto
sobre las que es sencillo resbalar.

Domingo de recitar epigramas que se desdicen
a sí mismos; de trenes estrafalarios, que
detienen sus caprichos en andenes polvorientos.

Domingo donde un hilo de lluvia cae
sobre un libro abierto, en el momento
en que una efeméride envejece.

Domingo de mezclar ruegos desabridos con
agravios en cautiverio; donde la eventualidad
gobierna, aunque no se responsabiliza.

Domingo de escalones desordenados, donde soñar
con mariposas transparentes al costado del camino
es recubrir al espanto con mala hierba.

Domingo de signo de interrogación amarillo
sobre fondo negro, de esconder bajo
la manga dos relámpagos y un ruego.

Domingo en que la lucidez encubre el
puñetazo de lo inalcanzable, y las porciones
descocidas de un gesto que no pudo centellear.

Domingo en que cada hora viene con su
insurrección de nomenclaturas, y con
la crisis existencial de una bestia milenaria.

Domingo, jarrón que empieza a quebrarse llegando
la tardecita, amplificando las ganas de tirarle arena
en los ojos a la inevitable rutina que vendrá.

Será cuestión de desabrigar esperanzas, de hacer
fondo blanco con una taza de café con poca
azúcar… Porque el lunes ya ha tomado su lugar…

Pedro Mairal - Hoy temprano

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado.Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Megusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoycontento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamentodel centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenisen el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatroparedes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Simiro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea;si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje ala quinta me saca de ese pozo.En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavíano hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de unfrasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que nome tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso queyo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con elvidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, losparagolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autostienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yovaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en elasiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya noquepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé sies porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya elPeugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar parahablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo delbarrilete de Miguel.El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados lossemáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarseen el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por laventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojospor el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por lapolicía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos elRenault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas deTitanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguelgrita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dossoldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zonamilitar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan losdocumentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas quequedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bienla emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atráscuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchenesto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo paraescuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los
pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absolutode Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podadoscon los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas,las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones paratapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestrocántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangrecoagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer librospara el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez másenojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse losfines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen conchicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible,aunque invitemos a un amigo.Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a mediocamino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando quepapá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrása ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel alotro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta conun bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se ponea ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la RuralFalcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, conplantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro,con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro delas botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de loschanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila depalmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos dela ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primeravez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va aresultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro deun modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven avenir.Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, eltráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papáya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel meusa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias paraespiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza avenir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamáfrena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde yrecalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedoresambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros queofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en lossemáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores ylatas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tienebotones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hacebajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo
los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puedemorder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya novayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula deseguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, máspintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamátolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar.Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin quemamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañantemirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como sifuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamáprefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky yaestá viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porquemanejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas lasventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de lamarihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casiespirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitudserena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre deGabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadasque nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se estáhablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltantodavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan amanejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendodesde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejoel motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, queesperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos,inalcanzable.Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos paratratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos prestasu hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedode morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vezmás rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminandola autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela lloraen el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seatpara Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también concinturón de seguridad. Los tres atados.Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabrieladice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos.Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con lasmanos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya másdespacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines desemana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart encompacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopistaestá terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voypor el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen.Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y
digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el puntoexacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que lademolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima desegundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania yDuque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por unsabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas mástarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta unachapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el únicocuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre lossapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece enel asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de suhermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y estáperdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el autodesde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.