Cinco para el peso


Siempre nos faltan cinco para el peso.
Nos sobran las caricias justo cuando nos faltan los abrazos.
Sonreímos cuando no hay enfrente un par de pupilas que reflejen dicho gesto facial.

Dar vueltas en la cama de madrugada, con el peso del insomnio sobre los párpados, es intentar ponerle un rostro al anfibológico instante en que todo cambió.

La vida parece haberse detenido ahora que todas las guitarras desafinan.

Huele a vinagre lo que hasta ayer fue perfume, la herida no parece tener ganas de transformarse en cicatriz.

(Los detalles anteayer inadvertidos, hoy patean como nunca en las entrañas).


Yasunari Kawabata fue el primer japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 (el segundo fue Kenzaburo Oe, veintiséis años después). Nacido en Osaka en el último año del siglo XIX, su vida está marcada por la soledad que le provocó quedar huérfano a los tres años. Se suicidó en 1972.

Sus relatos logran en el lector cualquier cosa, menos indiferencia. Despierta admiración como, en pocas líneas, atrapa conceptos, y juega con entenderse y desentenderse de ellos.

Voy a compartir este breve cuento suyo de 1924, titulado "Canarios"

Señora:
Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.
Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.
Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.
Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?
Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.
Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.
Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.
Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?

Es difícil aferrarse a un mundo que creímos de cemento y de repente parece hecho de gelatina. 

En mi memoria irrumpe ese tristemente hermoso poema que Mario Benedetti tituló "Soledades":

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
seria semejante a nuestra breve
presoledad

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

ya se que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo

sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en es sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo

los datos objetivos son como sigue

hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se vera un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente

después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

conforme
pero
que vendrá después
de la soledad

a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si se
que mas allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.

En "Dentro de mi mochila", poema que forma parte de Apotegmas en el desierto, expreso que "Una soledad de membresía hereditaria puebla las calles".

Es cierto. La soledad es parte de nuestro legado humano. Seres solitarios se unen para engendrar individuos que habrán de sentirse solos en más de una ocasión.

Los restos fósiles más antiguos de Homo sapiens datan de 195 mil años, y fueron descubiertos en una pequeña localidad de Kenia, Africa, en el valle del río Omo. Actualmente, y englobados bajo la genérica denominación de seres humanos, somos ocho mil millones en el planeta. Y nos sentimos solos.

Frases en negrita © Mariano Torrent 2014
(Seguramente semillas para cuando coseche ideas para un nuevo libro)

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